martes, 25 de marzo de 2014

"Un hecho público, escandaloso e inmoral"


"Un hecho público, libidinoso e inmoral"


Corría el año de 1910; Santa Rosa de Cabal era una población ubicada en el departamento de Caldas con aproximadamente 15.000 habitantes, la mayoría de los cuales residía en la zona rural. Los códigos morales se confundían con las normas legales y las autoridades locales reprimían con mano férrea los apetitos carnales y deslices de las parejas que no estaban unidas por el vínculo sacramental del matrimonio;  la tenaza Estado e Iglesia se complementaba con las homilías del clero inspiradas en la doctrina del teólogo Tyron Edwards proferidas en el siglo XIX: “los placeres pecaminosos y prohibidos son como el pan envenenado, tal vez satisfagan el hambre de momento, pero al final solamente llevan a la destrucción”.

Por eso, los apacibles feligreses no tenían otra alternativa que vivir de acuerdo con el modelo de entonces: “que es lo que dicha aquí se llama; si no, no conocer temor y con la Eva que se ama, vivir de ignorancia y amor”.

 


Pero “el hombre es fuego y la mujer estopa; viene el diablo y sopla”. Federico Herrera era de acuerdo con el abogado de la ciudad Francisco Gálvez “una persona viuda, útil a  la sociedad, de buena conducta, que vivía en una pieza solo trabajando el arte de la dentistería”. Sin embargo, tal vez por su soledad, Herrera era un bebedor empedernido y tenía para rendirle culto a Baco cinco motivos: la llegada de un amigo, la sed del momento o la sed futura, la bondad del vino y además … cualquier otra razón. Y el licor lo convertiría en el protagonista principal de un escándalo que lo dejaría oliendo a azufre y en las manos de la justicia.

El domingo 4 de diciembre de 1910, día para santificar, de acuerdo con la liturgia Cristiana, la población siguiendo los ritos ancestrales escuchaba La Santa Misa, se aglomeraba luego en la Plaza de Colón para oír la lectura del Bando, acto por el cual se daban a conocer los acuerdos del Concejo y los decretos de la alcaldía y las damas “ muy perchudas ellas” hacían gala de su elegancia paseando con sus consortes  por la encamellonada Calle Real. 

Pero algo comienza a atraer la atención de quienes disfrutaban su descanso dominical con el semblante de placidez que parecía expresar “que bueno es no hacer nada y luego descansar”, pues de una vivienda, herméticamente cerrada, ubicada en la Carrera Real y la Calle de Gómez salían gritos, insultos, expresiones procaces, estertores y jadeos propios de una demoníaca bacanal y así como la sangre acude a la herida, la población ávida de una malsana curiosidad se agolpó al frente de la mencionada casa, precisamente donde moraba Federico Herrera. Al corrillo se sumaron los agentes del orden quienes conminaron a los protagonistas del escándalo a abrir la puerta, pero ninguna respuesta tuvo el llamado de la autoridad aunque continuaron las vulgares letanías que con fruición maliciosa eran paladeadas por los espectadores ante la impotencia de los “guardianes de la moral y las buenas costumbres”. Sólo a las 4 de la tarde, la puerta fue abierta y encontraron,  como protagonistas estelares de una de las calientes escenas del Decamerón, a Herrera en evidente estado de embriaguez y una mujer semidesnuda quien aún no  había agotado su repertorio de maldiciones; tres personas más, dos hombres y una mujer complementaban el lascivo elenco. Todos fueron llevados a la Casa Consistorial donde quedaba la cárcel en la primera planta, mientras los habitantes de la población hacían calle de honor al grupo trasformado ya en un cortejo  escapado de la corte del rey Momo, el rey de los ebrios y alucinados pues tambaleantes y ocultando sus desnudeces con cobijas de retazos eran conducidos a “brinco de sapo” ante el alcalde Juan Bautista López.

El 5 de diciembre, después de ordenar levantar la información sumaria , el alcalde inicia las declaración pertinentes iniciando con Rosa Emilia Jaramillo mujer cuya edad oscilaba entre 14 y 21 años y María Adela González  también de Manizales, Julio Ospina, Jaime Giraldo, Domingo Londoño y Federico Herrera.

Una vez culminadas las declaraciones y las indagatorias a Herrera y Domingo Londoño quienes de acuerdo con las pruebas eran los responsables del ilícito, el alcalde para garantizar sus comparecencias al proceso les ordena conseguir un fiador, circunstancia que no era difícil pues La Fianza era una de las instituciones más representativas de los pueblos de origen antioqueño, herencia del espíritu cooperativo y las relaciones de confianza surgidos desde la fundación cuando se construyó el patrimonio público con el trabajo comunitario. El referido documento rezaba así:

“El día 6 de diciembre de 1910, comparecieron el señor JOSÉ TRINIDAD DÍAZ Y BENITO OSPINA, mayores y vecinos de este distrito y personas de reconocido abono y manifestaron que se constituyen fiadores de cárcel segura de los señores Federico Herrera y Domingo Londoño y en consecuencia se obligan:
A presentarlos cada y cuando se les exija con motivo de ésta en el término prudencial que se le señale.
A aprehenderlos a su costa y a pagar los gastos de aprehensión cuando se verifique su fuga.
A pagar al Tesoro Nacional la cantidad de diez pesos oro caso de que no cumplan con lo estipulado, cantidad que se hará efectiva comprobada sumariamente la falta de sus fiados.                  

El proceso reveló las intimidades del hecho punible : Eran cerca de las diez de la mañana y Federico Herrera libaba licor en compañía de Domingo Londoño, en la pieza del primero;  Los había sorprendido la madrugada empinando el codo y ya estaban “copetones” y como la puerta de acceso al local se encontraba abierta observaron a dos mujeres forasteras rondando el lugar; Herrera intercambió  con ellas miradas significativas,  sabía que :
             “la que mucho enseña lo que tiene, darlo o venderlo quiere
              Y mujer que al andar culea y al mirar sus ojos mece, yo no
digo que lo sea, pero sí que lo parece.”

Sin ningún preámbulo Herrera y Londoño habían encontrado sus almas gemelas; el eterno femenino estimuló profusamente el consumo de aguardiente y atraídos por la cálida reunión llegaron tres contertulios más, pero dos de ellos al percibir que el jolgorio se convertiría en orgía, salieron del cuarto. Y no se equivocaron; la puerta se cerró y cuando el alcohol hizo sus efectos suprimiendo las inhibiciones y demostrando que ni en la cama , ni en la mesa es útil la vergüenza, Herrera “hizo uso carnal” de una de las mujeres en presencia de su compañero de farra Londoño y otro de los visitantes, quienes no debieron quedarse haciendo el triste papel de “voyeristas” observando como el dentista “galopaba el mejor de los caminos en potra de nácar sin bridas y sin estribos”, disfrutando de la “petitmort” o dulce muerte, pues la otra dama al sentirse asediada y presa del delirium tremens empezó a proferir estridentes gritos y palabras obscenas, sin que pudieran acallarla los frustrados sementales. A las dos de la tarde se hizo presente la policía, ordenando abrir la puerta, pero sólo dos horas después les dieron acceso a las autoridades.



Cual más , cual menos, todos hedemos. Francisco Gálvez, era el abogado de los pobres en la localidad y aunque su labor no le significaba un ingreso significativo, cumplía su labor con abnegación y se esforzó al máximo por salvar a Herrera de una larga condena demostrando con testigos que los excesos etílicos lo habían convertido en un fauno o sátiro buscando desfogar su furor sexual, sin que pudiera controlar las pasiones; tal es la liviandad de la carne en tales condiciones que hasta Noé, una vez descubrió los espirituosos efectos del vino se convirtió en un estriper y quien sabe hasta dónde hubiera llegado, si el sueño no lo hubiera vencido, como quien dice, cual más, cual menos, todos hedemos.

El fallo. El 10 de enero de 1811, el alcalde de Santa Rosa de Cabal profirió la sentencia después de consignar en sus considerandos que a poca distancia de la carrera más concurrida se habían escuchado gritos y palabras procaces,  proferidas por una mujer que llamaron la atención de la mayor parte de los vecinos, mientras el señor Federico Herrera efectuaba actos escandalosos y acciones deshonestas en presencia de otras personas con la complicidad de Londoño
y aceptando los argumentos de su abogado defensor condena a Herrera a pagar 8 días de prisión en la cárcel del municipio y a su compañero en la aventura libidinosa Londoño, 4 días a la sombra en calidad de cómplice.

Tal vez, al hacer el balance final de la larga jornada plagada de emociones fuertes, los protagonistas llegarían a la misma conclusión que tendría Ciorán, un filósofo que iría a deslumbrar al mundo muchos años después de los hechos descritos:
                                 El placer, muy poco;
                                 La posición, muy ridícula
                                 Y el precio, muy alto.   

,
Ilustraciones. El despertar de la criada , pintor argentino.
                    Espalda obra del pintor Oscar Rodríguez Naranjo del Socorro (Santander)  

martes, 28 de enero de 2014

Un Hindú en tierras del café.




Magan Chela, un Hindú en tierras del café.
Por Jaime Fernández Botero.

No eran pocos los extranjeros que en 1.935 estaban radicados en Santa Rosa de Cabal, dedicados especialmente al comercio y los más holgados económicamente a la agricultura. Habían llegado de lejanas tierras tratando de dejar atrás el fantasma de la guerra y el hambre que los asolaba buscando en América, tierra de oportunidades, opciones para desarrollar sus iniciativas y facultades creadoras en un medio que aunque limitado e incipiente económicamente, ofrecía halagadoras perspectivas de progreso en un futuro no muy lejano.

El tren , principal medio de transporte de la época pasando por el viaducto de La Hermosa. Ser alcanza a ver el puente con techo de teja sobre el San Eugenio en el camino que conducía a Marsella.

En el mencionado año, vivía en la ciudad el matrimonio formado por Abraham  Rosembaum y su esposa Beila, familia procedente de Polonia, pero de origen Judío; Sabina, una de sus hijas era en nuestro medio una exótica e inalcanzable flor, a quien los jóvenes santarrosanos sólo podían admirar; la religión y su raza se erigía como una inexpugnable barrera para conquistar su corazón destinado para el afortunado que compartiera su fe y perteneciente al linaje de los descendientes de Moisés. Charles Ernesto Garnier Eluit, era otro de los extranjeros que echó raíces en la ciudad, vendía en el parque después de la salida de misa mayor las cotizadas repollas, una golosina redonda cubierta exteriormente por una especie de hojuela con un núcleo de vistosa y cremosa mermelada  y unas bananas llamadas “cucarachitas” del color del desagradable insecto con incrustaciones de coco, Garnier no solo atraía a los compradores de entonces con sus golosinas sino que matizaba sus ventas interpretando magistralmente con su acordeón la marsellesa y otros aires de Europa; compartía la nostalgia por la tierra gala con su compatriota y colega de profesión Louis Lepineux quien próximo a la ancianidad  no resistió la soledad que carcome el alma y priva al cuerpo del elíxir de la vida y  una tarde sombría como la bruma que obnubilaba su mente, se dirigió al puente del sector de La Argelia y se descerrajó un tiro en la sien. La sangre tiñó de púrpura el único patrimonio que poseía: una raída maleta donde exhibía y portaba los dulces que le proporcionaban su sustento.

Se habían ya insertado en nuestra sociedad prestantes inmigrantes como don Juan Siluán, Jorge y Miguel Manzur  oriundos del Líbano quienes habían contraído matrimonio con damas santarrosanas; el reverendo padre Berit de la Escuela Apostólica, los Felman y otros connotados ciudadanos extranjeros. Es bueno anotar que después llegaron familias como los Securanski, los Cojocaru y Aljure ; todos ellos dinamizaron el famélico comercio local y dejaron una pincelada de color en la gris cotidianidad de la ciudad.

El viaducto por donde cruzaba el tren  en inmediaciones de La Hermosa.

Magan Chela fue otro de los peregrinos  del mundo que encontró en Santa Rosa el lugar ideal para ofrecerle reposo a su espíritu trashumante y aventurero. Había nacido en Bombay, populosa ciudad de La India, en 1.907 y llegó a Buenaventura en 1.929 procedente de Panamá, antes de llegar a nuestra ciudad recorrió buena parte del territorio patrio como Barranquilla, Medellín, Bogotá, Cali, Manizales, Cúcuta, Ibagué y Chinchiná laborando como panadero, comerciante hotelero y propagandista, declarando como patrimonio a la llegada a la ciudad la suma de ochocientos pesos en “material  de trabajo”. Magan Chela  era un joven simpático y sociable y muy pronto se ganó el corazón de las familias notables del pueblo, pues siguiendo el aforismo “ a donde fueres has lo que vieres”, abandonó las costumbres del país de los encantadores de serpientes y acogió rigurosamente los usos sociales de la ciudad. Por eso renunció al par de aretes que lucía en sus orejas y dócilmente aceptó la propuesta realizada por un grupo de influyentes santarrosanos de convertirlo al catolicismo, hasta entonces practicaba el budismo, “ para rescatar así un infiel que aumentaría las huestes de la cristiandad”. Agonizaba la década del treinta, Magan ya tenía por los lados del Rodeo una pequeña finca y gracias a las técnicas agrícolas ancestrales practicadas en su país convirtió su parcela en una de las más fértiles del municipio donde su producto insignia, el café, era el más cotizado entre los cultivados en  nuestras veredas. Como ya había encontrado su alma gemela y andaba con los ojos en blanco, el cuello retorcido y lanzando suspiros víctima de ese  estado de idiotez transitorio llamado amor, se procedió a efectuar en una sola ceremonia  la celebración simultánea de los sacramentos del bautismo y el matrimonio oficializando así su vinculación al catolicismo. El rito fue todo un acontecimiento en la ciudad pleno de solemnidad y con una nutrida asistencia, se realizó en la finca propiedad del inmigrante decorada profusamente con los frutos que la  naturaleza prodigaba en su parcela: del techo de la vivienda colgaban racimos de plátanos , bananos, naranjas, mandarinas, zapotes y por supuesto café, como señal de abundancia y un promisorio futuro para  la pareja; el sacerdote ungió la cabeza del atortolado Chela con el agua bautismal llamándose desde ese momento y por mandato divino ARTURO MAGAN CHELA, continuando después con el enlace matrimonial. Entre otras cosas, a la madrina de bautismo que fue una destacada e influyente dama de nuestra sociedad le supo a cacho la ceremonia pues Arturo, que ya era un hombre hecho y derecho, siguiendo la costumbre de los niños de la ciudad cuando se encontraban con su madrina, se arrodillaba con recogimiento exclamando: “¡madrina la bendición!” y no se levantaba hasta que la azorada matrona hacía la señal de la cruz entre la mirada socarrona de los presentes. Como esta imagen se repetía siempre que se encontraban sin importar sitio o compañía;  la madrina optó 
por evitar la presencia del nuevo cristiano.


 Magam Chela, in inmigrante de la India que vivió y se incorporó a la sociedad local.

Muchos años han transcurrido desde que el amable hijo de la tierra del gran escritor Tagore estuvo entre nosotros, el tiempo ha borrado sus huellas; sin embargo, por El Rodeo, cerca de donde se construye actualmente el puente helicoidal de la Autopista del Café existe un sitio que la gente llama "EL PASO DE MAGAN CHELA", incorporándolo  en la toponimia de la ciudad y rindiéndole inconscientemente un homenaje a aquel Hindú que abandonó su credo, su idioma, el turbante y los aretes para abrazar la cultura cafetera del pueblo que lo acogió.
  

   

jueves, 7 de noviembre de 2013

El " endemoniado" defensor de la fe Católica.



El “endemoniado” defensor de la fe Católica.

(EL Sacerdote que estremeció con su franqueza a una sociedad  con valores victorianos)


Los actos administrativos expedidos por los alcaldes de Santa Rosa de Cabal, en el siglo XIX, estaban inspirados en el lema DIOS Y PATRIA; la fe y la nacionalidad constituían la fuente o el móvil de las actuaciones de los funcionarios oficiales.

Los sacerdotes  a quienes hasta 1.850 aproximadamente, el estado les pagaba el salario en cumplimiento de los acuerdos establecidos con la iglesia, tuvieron en Santa Rosa en su momento, gran protagonismo y lideraron no sólo la orientación espiritual del pueblo; también fueron decisivos artífices de las obras que mejoraron la calidad de vida de la población.

El primer sacerdote José Ramón Durán de Cázares, lo encontramos en 1.849 como repartidor de tierras, dirigiendo la construcción y posteriores refacciones del puente sobre el río Otún y otras obras de interés para la comunidad; Juan Nepomuceno Parra a partir de 1.870, fecha en que la ciudad fue “ reinventada”, porque su crecimiento ameritaba un replanteamiento arquitectónico respecto al trazado realizado durante la fundación, convocó a la ciudadanía para erigir el templo; la Comunidad Vicentina, mientras cumplía su misión como Pastores de Almas, motivaba  a la población para la construcción del Hospital y  estimulaba la economía difundiendo la siembra del pasto micay para convertir la ganadería en un nuevo renglón rentístico de la ciudad; el padre Pinzón, quien en vez de la Biblia , cargaba un libro con  “Las mil y una fórmulas para fabricar productos de uso doméstico” que compartía con sus feligreses y vinculó a lo santarrosanos en proyectos relacionados con la agricultura, la industria de telares y la explotación de ganado caprino, como alternativa para ampliar la producción lechera en el municipio. La lista de tonsurados es interminable, cada uno  de ellos ocupó un lugar en el corazón de su grey; pero  el pueblo  recuerda con especial afecto al padre Londoño.

Ptero. Francisco Londoño. Con su lenguaje claro y sin tapujos cuestionó el acartonamiento de una sociedad sigbnada por la apariencia.


El Padre Francisco Londoño, sumaba a su energía creadora y gran capacidad de convocatoria para realizar las obras cívicas, la elocuencia y la fogosidad características de sus homilías. Era la estrella o vedette de La Misa Mayor, para emplear los términos faranduleros de hoy; sus intervenciones llegaban al corazón de los asistentes al colmado templo, fueran estos asiduos usuarios de “Machín,” el barrio de “mujeres públicas”, envueltos en aroma de tabaco, ron y esperma; beatas emanando incienso; pedantes aristócratas parroquiales o humildes hombres del pueblo. El eco de sus mensajes guiaba a toda la población por senderos de reflexión.

Su verbo, de acuerdo con la ocasión o el mensaje propuesto, se enaltecía aproximándose a las dimensiones estéticas de quienes “sacrificaban un mundo para pulir un verso” como Cervantes o  Guillermo Valencia;  acariciaba  el profano impudor de Quevedo o se hundía en el fango de la procacidad. Era un espíritu contradictorio y complejo; ese era el secreto para cumplir con éxito su misión evangelizadora entre la heterogénea sociedad de la ciudad.
Del levita aún persiste en la memoria colectiva del pueblo  un rico anecdotario; compartimos con los lectores parte de sus graciosas ocurrencias, que, como  dice el pueblo, “lo pintan de cuerpo entero “:

Por orden de sus superiores ejerció su Ministerio, inicialmente en el cálido municipio de La Dorada, situado en las riveras del río Magdalena; como todo puerto, tenía una población heterogénea donde predominaba un sector contestatario, rebelde y reacio a aceptar con sumisión los dogmas de la religión; conociendo el temple mandón del cura y la indisciplina de los porteños, pocos veían con buenos augurios su estadía en la ciudad, eran fuerzas antagónicas, se repelían y el corto circuito, no tardaría en llegar.

Pero, ocurrió todo lo contrario. Ante un auditorio numeroso pero displicente, ceño adusto y prevenido, inició su sermón; coincidía el esperado debut con un aniversario de la muerte del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, de grato recuerdo para su auditorio y rompió el hielo reivindicando su gesta: ”¡ no soy un hombre, soy un pueblo¡, ¡ Colombia no es un país de dos partidos, es un país que los corruptos han dividido en dos¡, ..”  Con seductores recursos histriónicos, el clérigo estremeció a los concurrentes, narrando las proezas del tribuno inmolado e intercalando su alocución con las impactantes frases que Gaitán dejó para la historia y llegando al clímax del dramatismo, cuando abordó su final,   víctima de las balas asesinas de Roa Sierra;  abocó este angustioso momento para las clases desfavorecidas del país, con la misma pasión que narraba los momentos de la muerte  de Cristo en la cruz. Sus palabras eran sinceras; los concurrentes dulcificaron su semblante y supieron que tenían un verdadero guía espiritual.

Después de su paso por La Dorada, el religioso ejerció su ministerio en Santa Rosa a partir del año de 1.957; en esta población empezó a convertirse en leyenda  

Hospital San Vicente de Paúl, en tiempos delPresbítero Francisco Londoño.


En la “Ciudad de las Araucarias”, tuvo con la mayor parte de la población gran empatía y a pesar de emplear el garrote y la zanahoria en el ejercicio de su ministerio, la población lo estimaba; por eso, esperando encontrar una frase halagadora sobre el talante de los santarrosanos, las personas le preguntaban su impresión sobre la ciudad y respondía con su sorna característica: “Salí de un pueblo habitado por calientacamas para  otro lleno de beatas”.

El sacerdote cumplía las funciones propias de su actividad pastoral movilizándose en un carro marca volskwaguen,  conocido popularmente como “la pulga”; asimismo poseía una mascota, un perro ñato, feo y torpe, de raza  bulldog, llamado “Tari”. En cierta ocasión al levita le robaron  el carro, hecho que impactó a la población; todo el mundo se solidarizó con el padre, pero para solaz y alegría de los parroquianos, el vehículo fue recuperado por la policía. La aparición del auto fue tema de conversación de cuanto ciudadano se encontrara al cura, interesado en conocer intimidades del caso: “ ¿padre, verdad que encontraron la pulga? Sí, mijita respondía el tonsurado y ¿dónde padre?, y les contaba las circunstancias de tiempo, modo y lugar del rescate del vehículo. La paciencia del levita se agotó cuando debido a la morbosa curiosidad de nuestra  gente,  debía repetir la misma historia en todas partes. Un día de mercado, cuando pululaba la gente en la plaza, un efusivo personaje le hizo la pregunta que ya había taladrado su oído de tanto escucharla:” ¿verdad padre…? , siiii, miijo, respondió. ¿Dónde? y haciendo gala de su característico  vozarrón,  de tal modo que nadie se quedara sin oírlo, respondió:  “¡ En las guevas de Tari¡ ”. Y hasta ahí llegó el cuento.

Algunos “notables” de la ciudad, hacían gala de  una afectada vanidad y constantemente sacaban a relucir los blasones de la estirpe, su abolengo y “limpieza de sangre”, como se estilaba en la época de la Colonia. Cierto día, un orgulloso  feligrés exhibía soberbio el árbol genealógico de su familia, que presumiblemente se remontaba a la época de los fundadores y en tono de reproche le dijo el cura: “siga buscando tatarabuelos y va a encontrar tataraputas; porque en cada generación, una puta y un ladrón”. Desinflando al empavonado tipo.

Sant Rosa de Cabal durante la época en que el sacerdote Francisco Londoño fué Parroco.


Alguna vez una madre de familia lo abordó en el despacho parroquial para preguntarle cuando iría a Manizales, pues una de sus hijas debía hacer una vuelta en la capital y quería enviarla con alguien de confianza. El párroco la miró con gesto severo y le dijo: “ a usted todavía le corre el agua bautismal por encima; ¿ o es que cree que a los curas no se les para?; no crea en santos con güevas, mijita” y agregó,: “ cuando a las muchachas se les calienta ese motorcito no las ataja nadie”. Al día siguiente, la mamá salió con su hija para Manizales y se convirtió desde entonces, en su sombra.

Durante un paseo de integración, mientras se bañaba en la piscina de  termales, una monjita alarmada al verlo incursionar en la parte más cálida le dijo: “Padre, no se haga en ese sitio que allí se entibian los huevos.” Respondiendo en el acto: “no se preocupe hermanita, que yo sólo me meteré hasta donde el agua me llegue a las rodillas”. La seriedad del sacerdote al responder, ruborizó a la religiosa.

Sabiendo que la presencia del santo hace milagros, él mismo se encargaba de recoger la ofrenda para la iglesia, desplazándose con una ponchera por toda la iglesia y agradeciendo con un “Dios le pague”, el óbolo. El padre durante una de sus homilías había hablado del poder corruptor del dinero, llamándolo “estiércol del demonio”. El discurso debe haber calado muy hondo entre el auditorio, porque cuando se acercó a uno de los asistentes de tez trigueña,   requiriendo la limosna, éste se negó diciendo: “padre, la plata no hace falta; es el estiércol del demonio”. El factor sorpresa lo dejó sin reacción y continuó con la colecta; de improviso y como impulsado por un resorte, se devolvió y con voz estentórea, que retumbó en el templo, le dijo al personaje de marras: ¡ Cagá negro, cagá negro¡. 

Antes del oficio religioso, acostumbraba pasearse por la nave central de la iglesia con  un misal, concentrado y sumido en la lectura; inspiraba tanto respeto entre los asistentes a la misa, que nadie hablaba, ni osaba perturbar su meditación. Sólo se percibía el eco de sus pasos, incrementados por el silencio que reinaba en el augusto recinto. Dos damas se acercaron hasta él; una de ellas, había contraído nupcias recientemente y le hizo una pregunta muy íntima: “padre, yo estoy recién casada y no quiero tener hijos tan ligero y me han dicho que el limón es muy bueno para evitar la familia”. El prelado respondió a viva voz, con ese vozarrón que estremecía los vitrales del templo: Sí, señora, el limón es muy bueno” “ay padre,” dice la dama ”¿cómo lo usamos, en jugo o en limonada?”. “Como quiera mija”, fue la respuesta. Padre, siguió inquiriendo la señora: “¿antes de aquello o después de aquello?”  “Nooo, mijita, ¡en vez de aquello¡.” Y continuó su lectura.


Casa Consistorial o antigua alcaldía.


 
Interior de la Casa Consistorial o antigua alcaldía de Santa Rosa de Cabal.


“Endemoniado” defensor de la fe de Cristo”. Francisco Londoño era un personaje polémico y estaba muy lejos de la imagen mística y beata,  requerida por un sector de la población, para encarnar el pastor digno de guiar a su grey hacia la salvación. Como era consciente que “no era monedita de oro”, para gustarle a todo el mundo, no se sorprendió, cuando en el altar encontró un anónimo consignando una serie de cargos  deslegitimando su sagrada misión.

“El expediente”, abierto por el misterioso detractor, consignaba cuatro cargos, en contra del prelado:
1.    No era digno de estar ocupando el cargo, para el cual había sido nombrado por el excelentísimo Señor Obispo.
2.    No era un buen confesor, como debiera corresponder a un sacerdote que estaba al frente de tan ilustre parroquia.
3.    Contrariaba con sus actos la templanza exigida por la ley de Dios, y de manera especial, asistía a banquetes mundanos y homenajes en lugares distinguidos por su lujo y boato.
4.    Muchos de los feligreses, buenos y virtuosos antes de su llegada a la ciudad, habían perdido la fe en Cristo como consecuencia de sus sermones y homilías y el desparpajo al hablar.

El domingo en la misa de diez, llamada  Misa Mayor, por su solemnidad y nutrida asistencia, el prelado inculpado hizo sus descargos desde el púlpito, convertido en un estrado judicial y después de leer detalladamente los cargos, hizo su defensa, más o menos, de la siguiente manera:

“Respecto del primer cargo, respondo: soy el primero en aceptar y comprender la ausencia de las virtudes y conocimientos necesarios para desempeñar las funciones de cura párroco de tan importante e ilustre iglesia; pero obedeciendo de inmediato el honor conferido por mi superior eclesiástico, me vi obligado a aceptar dicho nombramiento. Reconozco el gran valor intelectual, espiritual y moral de mis antecesores, hecho que me hace más indigno de estar en esta distinguida comunidad.

A la segunda incriminación, digo: Observo claramente que el autor o autora del anónimo, es persona inteligente al acusarme de no ser un buen confesor, porque  serlo, es una gracia concedida por Dios a algunos sacerdotes, don que seguramente no tengo el privilegio de disfrutar, a pesar de mis oraciones, clamando poder estar a la altura de tan trascendental responsabilidad; pero, como dijo san Alfonso, “ conformarse con la voluntad de Dios, es la oración más hermosa del alma cristiana”.

Seguramente, respondiendo al tercer punto, el acusador está equivocado al acusarme de asistir a sitios elegantes y distinguidos para participar en pantagruélicos banquetes y comilonas, teniendo en cuenta que estoy impedido para ello porque he perdido accidentalmente parte de los dedos de una de mis manos; por lo tanto, me es verdaderamente difícil el manejo de los cubiertos como ordenan las rigurosas normas de etiqueta y de la buena educación ; además, como dijo Shakespeare, “un vientre obeso pregona un pobre cacumen porque los bocados suculentos envilecen la carne y arruinan el espíritu”.

Me  llena de una profunda tristeza, de un profundo abatimiento y de una total angustia, la cuarta acusación, teniendo en cuenta mi gran responsabilidad en el manejo espiritual y moral de cada uno de mis feligreses; pero si ello se debe a mencionar de acuerdo al diccionario las cosas por su nombre, mi temperamento y modo de ser no me permite cambiar el significado de las palabras, empleando tapujos o eufemismos que sólo revelan una doble moral e hipocresía. Solicito humildemente a quien envió el mensaje, como persona piadosa y virtuosa me incluya en sus oraciones delante del santísimo sacramento para ser perdonado.

Y agregó como brillante colofón a su intervención: “No es necesario que el responsable del anónimo hubiera usado la ortografía , ni el papel empleado para la comunicación referida; he deducido que se trata de una persona suficientemente preparada y conocedora de los textos gramaticales y de la urbanidad de Carreño; pero desafortunadamente pertenece a un pequeñísimo número de los que en años anteriores denigraron también de mis ilustres antecesores; parece, al observar ciertas prácticas culturales de algunas personas solapadas y ladinas, que el escudo de esta noble ciudad tiene una doble lectura: simboliza la fe y el trabajo para la mayoría de sus habitantes; pero parece retratar otro sector solapado y ladino que con la cruz reza, pero con el hacha raja.

Refrendo todo lo dicho con mi etérea rúbrica: Francisco Londoño Botero Vélez Jaramillo.

No hubo aplausos, el templo inspiraba siempre el más profundo de los respetos; la gente permanecía en silencio y alelada cuando el prelado continuó con el oficio religioso.

Habiéndose trasladado el sacerdote a una de las veredas  para cumplir una misión pastoral, fue recibido en las horas de la tarde por una multitud integrada por personas de todas las edades y clases sociales; acompañados por la banda municipal, desfilaron por las calles principales como homenaje de desagravio. En la casa cural, varias personas representativas de la ciudad pronunciaron sendos discursos, lamentando y comentando el suceso en referencia; el presbítero Londoño, agradeció el sincero homenaje con su tradicional elocuencia y recordó a todos los presentes una sentencia mil veces confirmada con sus actos: “soy un perro bravo defendiendo la casa de su amo: el Dios del cielo y de la tierra.” 

El reverendo padre Francisco Londoño, fue trasladado a Manizales; allí murió en mayo de 1.972.