La
década del 50 del siglo XX, fue particularmente tensa en Colombia, pues el
asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948, había desencadenado una ola de
violencia política entre liberales y conservadores. El país entero y
particularmente el campo, se vio anegado en sangre; esta situación propició que
un militar, Gustavo Rojas Pinilla, asumiera la Presidencia del país en 1953,
derrocando al mandatario constitucional Laureano Gómez; este régimen de facto
duraría hasta 1957, cuando a su vez fue depuesto y una Junta Militar asumió el
gobierno transitoriamente mientras el país y las instituciones democráticas
recobraban su vigencia.
En
1957 el pueblo colombiano, incluyendo las mujeres que hasta entonces no podían
votar en el país, porque carecían de derechos políticos, sufragaron masivamente
para establecer el llamado Frente Nacional, institución que pretendía eliminar
el odio partidista, permitiendo la convivencia de liberales y conservadores alternándose en el
poder durante dieciséis años: cuatro años un presidente liberal, cuatro años un
Conservador y además, todos los cargos públicos, aun los judiciales se dividían
por partes iguales entre los correligionarios de los dos partidos. Los
seguidores de otras tendencias políticas no tenían ninguna representación en la
burocracia nacional.
Cartilla Alegría de Leer. |
A la salida nos
vemos. En
Santa Rosa de Cabal durante la época mencionada, los niños asistían a la
escuela a partir de los siete años; mientras tanto y era muy común en esa época,
los párvulos ingresaban a una escuelita privada, a cargo de una maestra de avanzada
edad, generalmente era una educadora retirada, quién enseñaba las primeras
letras, las operaciones matemáticas y sobre todo, religión. Una de estas almas
pías, era Benita Giraldo, famosa en todo el municipio porque muchas
generaciones de santarrosanos fueron “desasnados” por ella, hasta tal punto que
cuando se quería ofender a alguien, enrostrándole su falta de estudio y
formación, se le decía irónicamente: “no pasó por las bancas de Benita”. Este
insulto, se cobraba a puño limpio en uno de los callejones de la ciudad. Las
peleas eran frecuentes, pero casi siempre se respetaba un código de honor que
proscribía y censuraba el ataque aleve con piedras, armas o golpes cuando el
rival estaba en el suelo. Con frecuencia, los contendientes se tenían respeto y
vacilaban al iniciar el combate, no faltaba el “pato azuzador” que queriendo
precipitar el enfrentamiento, estiraba la mano mientras repetía la expresión:
“el que pica aquí, pica en la cara” o trazaba una recta incitándolos a invadir
la jurisdicción de su rival, pero como ambos se tenían respeto, el duelo
terminaba sin comenzar porque alguno de los contrincantes la emprendía contra
el “careador”.
Decirle
cuchillero a alguien era el peor de los insultos y quien ostentaba esta fama,
era objeto del reproche público.
Aunque
Evangelista Quintana, famoso educador de Cartago ya había diseñado sus
cartillas desde el año 1930, en la época los textos de lectura eran las
cartillas de Alegría de Leer, magistrales textos plenos de sencillas, amenas y apologéticas lecturas de
escritores americanos, maravillosamente ilustradas con imágenes a todo color,
extraño para entonces, las lecturas citadas acercaban gratamente y sin
traumatismos al mundo del saber y la lectura a los infantes de la época.
El catecismo Astete. La esencia del
momento se basaba en la memorización mecánica y sin raciocinio de las
lecciones, entre ellas tenían una vital trascendencia para los educadores el
llamado Catecismo del Padre Astete. Este sacerdote de nombre Gaspar, había
vivido durante la época de la Colonia redactor de un texto destinado a propagar
en la juventud los principios básicos de la doctrina cristiana por medio de
pregustas y respuestas: Quién es Dios?
se preguntaba inicialmente y seguidamente se absolvía el interrogante: “Dios es un ser infinitamente bueno,
poderoso, sabio, justo, principio y fin de todas las cosas”. La chiquillería de antaño repetía sin
conciencia alguna las respuestas del desactualizado texto. Cuáles son los enemigos del hombre?,
preguntaba la maestra y en coro respondían de viva voz: “mundo, demonio y carne”.
Recuerdo
en particular el interrogante que intentaba explicar el misterio de la
inmaculada concepción de la Virgen, y aunque nunca entendí ni la pregunta ni la
respuesta, siempre sacaba 5 aclamado y aun ahora recuerdo su tenor: “…virgen en el parto, después del parto que
fue concebida por obra y gracia del Espíritu Santo, como pasa un rayo de luz
por un cristal sin romperlo ni mancharlo”.
Tuvieron
que pasar muchos años para saber el mensaje o el dogma católico que el
nacimiento de Cristo estuvo al margen de las particularidades que el hombre
tiene para multiplicarse.
La campana es la voz
de Dios.
El maestro de entonces, como los sacerdotes y las autoridades políticas, eran
“superiores en edad, dignidad y gobierno” y despertaban un temor reverencial;
su autoridad no podía ser, por ningún motivo cuestionada. Se educaba no para
formar personas asertivas sino sumisas, “respetuosas” que acataran sin
reticencias las normas políticas, los postulados religiosos, pilares del orden
establecido. Se acuñaba en la mente de los infantes, en tono solemne y
grandielocuente la expresión “la campana
es la voz de Dios” y a través de esta maquiavélica sentencia se moldeaban las
personas pasivas que el sistema requería, con procedimientos a veces
desbordados: cuando sonaba la campana para terminar el recreo, la población
estudiantil debía callar, nadie se podía mover; uno de los profesores
auscultaba con ojo de lince al párvulo que continuaba el movimiento o
conversando y a veces era zarandeado ante la mirada de sus compañeros quienes
difícilmente se atrevían a respirar; así se moldeaban “las personas que le
servirían a la patria y a la religión”.
La
educación como lo hemos dicho, era confesional, donde un código cristiano casi
medieval era impuesto a través de la sentencia “la letra con sangre entra”, porque el fin primordial en la vida de
una persona era la salvación del alma.
San Cristóbal,
patrono de los conductores. Un santo en particular captaba mi atención,
reivindicado como símbolo de servicio a
la comunidad: San Cristóbal, quien era en su momento el patrono de los conductores
y a través de mi padre que ejercía esta profesión, reforcé mi devoción. Su
historia nos apasionó: San Cristóbal buscaba a Cristo infructuosamente y se
lanza a los caminos en pos de su mensaje vivificante, terminando por apostarse
a la orilla de un río por donde pasaban incontables viajeros a los que él lleva
hasta la otra orilla a cambio de unas monedas.
Nadie le daba razón del hombre muerto en la
cruz, que según algunos sabios, aterrorizaba al diablo, enaltecía al pobre y al
humilde y castigaba al sátrapa.
Un
día cruza la corriente llevando un
insignificante niño, a quien no se molesta en preguntar “Qué va a saber aquella frágil criatura?”. A
mitad del rio, su peso se hace insoportable y solo a costa de enormes esfuerzos
consigue llegar a la orilla: Cristóbal llevaba en hombros más que el universo
entero, al mismo Dios que lo creó y redimió. Por fin había encontrado a aquel a
quien buscaba.
-
¿Quién eres, niño, que me pesabas tanto que parecía que transportaba el mundo
entero? -Tienes razón, le dijo el niño. -Peso más que el mundo entero, pues soy
el creador del mundo. Yo soy Cristo. Me buscabas y me has encontrado. Desde
ahora te llamarás Cristóforo, Cristóbal, el portador de Cristo. A cualquiera
que ayudes a pasar el río, me ayudas a mí.
Los
poetas García Lorca y Antonio Machado lo han cantado con inspiradas estrofas.
Su figura corpulenta y gigantesca con el niño en los hombros, decora muchísimas
catedrales, como la de Toledo; San Cristóbal nos inspira protección y
confianza. Según la tradición cristiana, fue encarcelado y el rey Dagón le
solicitó que apostatara de su fe enviándole dos cortesanas para seducirlo, pero
las hetairas fueron convertidas al catolicismo por el santo varón. Después de dolorosas
torturas fue degollado.
Las
creencias de entonces, no solo fueron revaluadas por la ciencia y la luz de la
razón; también la iglesia, a través de sus sínodos cambió y modificó dogmas
establecidos con anterioridad y con el tiempo supimos con tristeza, que la doctrina
cristiana hizo una “purga” degradando a muchos santos, considerando que se
habían colado en el santoral y no tenían méritos para estar a la diestra de
Dios Padre; San Cristóbal, fue uno de ellos, se le quitó la aureola y quedó
reducido a un NN, sin abolengo espiritual alguno. No obstante, en la memoria
colectiva del pueblo, sobre todo en los transportadores y automovilistas del
cual es su patrono, sigue vigente como protector. Hasta hace poco, conservaba
un llavero distribuido hace muchos años por
la empresa Motoristas Santa Rosa, con la efigie del apasionante personaje
cruzando un río llevando a cuestas al Dios hecho niño.
Charles Chaplin, uno de los actores preferidos por muchas generaciones. |
Lo motilaron por cajetillas. Las diversiones infantiles eran variadas y el cine constituía una de las más importantes y como no siempre los padres tenían los sesenta centavos semanales para ingresar al matinal dominical en el Teatro Cabal, era necesario tener alternativas como fuente de financiación para ver a Cantinflas, El Llanero Solitario, Roy Rogers, las películas mexicanas con profusión de rancheras y balaceras, y la continuación de las series cuya primera parte terminaban en un crucial momento, como cuando el héroe abatido e inerme quedaba a merced de una siniestra serpiente: la imagen quedaba suspendida y aparecía un letrero que decía: “Entre el cuello de nuestro héroe y el mortal colmillo de la serpiente, no cabía no siquiera un delgado hilo. Continuará”.
Los
recursos para ir al cine se centraban en recoger cajetillas de cigarrillos, muy
útiles en los salones de belleza para envolver el cabello y someterlo a una
reacción química que lo carbonizaba y si la dama sobrevivía a la combustión,
podía lucir orgullosa su ensortijada melena. Cuando alguien aparecía
trasquilado y burdamente peluqueado, le decían burlonamente : lo motilaron por
cajetillas.
Las
mujeres le daban cuerpo al cabello con fórmulas caseras o domésticas cuya base
principal era la cerveza; por eso, recorríamos las tiendas recogiendo todos los
cunchos del referido licor para llenar porrones o frascos que eran
generosamente recompensados por nuestras tías, destinatarias del remanente
viscoso dejado por los borrachos en una noche de farra, cuya saliva debía
complementar con mucha eficacia los principios activos de la cerveza para hacer
lucir un cabello esponjado acorde con el uso de la época.
El
recinto del Teatro Cabal se dividía en “Gallinero”, frecuentado por el pueblo
llano, y “Luneta”, donde entraba la “gente bien”, quienes no en pocas ocasiones
recibían la escupa de los patanes de gallinero; por eso se decía que las películas
no eran en tecnicolor y cinemascope sino en “cine me escupe”. Solamente
entrábamos a Luneta cuando acompañábamos a algunas de las primas mayores,
quienes valiéndose de su atractivo, habían engatusado previamente al portero
del teatro para que se hiciera el de la vista gorda y nos permitieran seguir
sin pagar.
Los
domingos después de las dos de la tarde, el teatro presentaba el famoso “Social
de Resistencia”, con tres películas continuas; los santarrosanos eran amantes del
cine y tenían la costumbre de recortar las imágenes de las películas anunciadas
en la sección de cine del periódico El
Tiempo y se esperaba con ansia la llegada de la cinta. Mientras tanto, la
expectativa se complementaba con comentarios sobre el argumento y los actores.
La inolvidable Libertad Lamarque, |
Libertad Lamarque. Aparte de los filmes, el lujoso escenario del teatro con un ostentoso telón de fondo, se engalanaba con la presentación de grandes artistas de Colombia y de América, como la Orquesta de Armando Moreno, Fernando Valadez, quien se desplazaba en silla de ruedas porque una distraída criada le dio a beber un insecticida en vez de leche; Flor Silvestre y Antonio Aguilar, y en particular, la Diva Libertad Lamarque. El público se agolpó a la entrada del teatro para tributarle su testimonio de admiración, pero cuál sería la sorpresa cuando la escucharon cantar en el escenario sin que la vieran ingresar; no lo sabíamos entonces, pero el teatro tenía una salida lateral hacia la carrera 15, permitiéndole a la intérprete de Madre Selva y Besos Brujos actuar sin el asedio clamoroso de un efusivo público.
Boyondo. El escenario para
travesuras y aventuras era extenso; con excepción del sector del Matadero y la
Zonal de tolerancia, conocida con el nombre de “Machín”, los cuatro puntos
cardinales estaban abiertos para recorrerlos persiguiendo globos, pescando
grotescos corronchos con un costal después de consultar el Almanaque Bristol, exhibidos
luego en un porrón con agua; atrapando los hermosos e iridiscentes “cupis”,
pececillos de coloridos visos muy comunes en las múltiples quebraditas del
pueblo; apostando gorros, con los amigos y desafiándolos a saltar el charco de
aguas negras que tenía el romántico nombre de “Quebrada del Bollo”, terminando
casi siempre sumergidos en las oscuras y pestilentes aguas y tragando el
material coprológico de buena parte de la población, debiendo, para eliminar el
putrefacto aroma, emplear el jabón de tierra, un pachulí barato llamado Agua
Florida de Murray y Lanman, y hasta acudir a un exorcista para que nos
permitieran reingresar a nuestras casas.
El código Aldemar. El fútbol era el
deporte principal de los niños de antes; no había problemas para practicarlo,
pues las grandes extensiones de terrenos para construir en la zona urbana y
hasta las vacías calles de la ciudad facilitaban las “recochas” entre hinchas
del Once Caldas y los del Pereira, o encuentros entre galladas de diferentes
sectores. Los partidos no tenían tiempo límite ni restricciones en los goles
anotados, desafiando la lluvia y las pantanosas canchas. Al frente de la plaza
de mercado, se erigía la Cancha de Patiobonito, sede del invencible Juventud
Santa Rosa, pero también escenario para desafíos entre diversos equipos. Como
no era fácil conseguir árbitros, se debía contar con un pintoresco personaje
con un raído sombrero de “cuatro aguas”, vendedor de paletas y quién no
vacilaba en dejar a un lado el carrito con sus helados, fuente de su
subsistencia, para aceptar el llamado y proceder a arbitrar los partidos de
fútbol. El acucioso réferi se llamaba Aldemar y como casi nadie conocía las
normas del juego, él se inventaba e imponía arbitrarias decisiones, obedecidas
sin reservas por los participantes; así por ejemplo, se le ocurrió decir que
después de dos tiros de esquina seguidos, se cobraba tiro penalti, y aunque el
dictamen era absurdo, se empezó a acatar por los futbolistas en la ciudad y los
equipos visitantes a pesar de su sorpresa; fue así como este humilde personaje
creó un código propio para el fútbol y llamado por el pueblo con ironía, el
“Código Aldemar”. Aun después de la desaparición del mencionado árbitro, nos
enredábamos en candentes discusiones en el momento de presentarse dos corners o
tiros de esquina seguidos: el Código Aldemar seguía presente en la memoria
colectiva.
El glorioso Juventud Santa Rosa, |
El Juventud Santa Rosa .Patiobonito fue sede de gloriosos encuentros de fútbol y en la década del 50, Santa Rosa tenía un equipo semi profesional llamado el Juventud Santa Rosa. Los lunes se convirtieron en la ciudad en verdaderos días festivos, por cuanto los equipos profesionales que jugaban en el fortín de Libaré con el aguerrido Deportivo Pereira, eran invitados al día siguiente a enfrentarse con el club símbolo y orgullo de Santa Rosa. Ese lunes nadie trabajaba por la tarde y los momentos previos al cotejo tenían una particular solemnidad, una liturgia que empezaba en el parque y terminaba en la Cancha de Patiobonito encabezada por la Banda Municipal y seguida por los equipos contrincantes, y haciéndoles calle de honor literalmente toda la población, emocionada, ovacionando al equipo local pocas veces vencido en su jurisdicción. Grandes oncenos, con brillantes jugadores sucumbieron al ímpetu, la técnica y la capacidad goleadora del club local; uno de ellos, la Selección Buenaventura que a pesar de ser un equipo amateur en su momento, había vencido al legendario River Plate de Argentina. La selección Buenaventura contaba con una nómina estelar de luminarias en ciernes; posteriormente serían figuras de renombre nacional como Delio Maravilla Gamboa y Marino Klinger.
Un
memorable encuentro, se celebró entre el equipo local y el Club Jabonerías Hada
de Medellín, equipo semi profesional, nos cuenta el dilecto amigo, integrante del club, Joel Jiménez que el juez era el polémico Chato Velásquez,
quien aún no ejercía como árbitro profesional. El Chato se caracterizó por ser
alguien con autoridad, belicoso y no se arredraba ante nadie, como lo demostró años
después cuando arbitraba el partido entre Millonarios y el célebre Santos del
Brasil, que tenía en sus filas al mejor jugador del mundo, Edson Arantes Do
Nacimento “Pelé”. Pues bien, Pelé irrespetó al árbitro y el Chato Velásquez,
sin importarle lo que le venía pierna arriba, porque la multitud había llenado
el estadio para ver jugar al astro brasileño, lo expulsó, se atrevió a
tocar a la celebridad y como era de esperarse, la presión de los
brasileños y del público dejaron sin respaldo la decisión del juez, quien
viéndose desautorizado tiró el pito a la grama y se retiró del campo indignado.
El partido continuó con un juez de línea como árbitro.
Volviendo
al encuentro entre Jabonerías Hada y Juventud Santa Rosa, el Chato Velásquez sancionó
un tiro penal en contra del equipo local; todos los espectadores y hasta el
Alcalde del municipio invitado de honor al partido, se fueron en tropel y
rodearon amenazantes al árbitro, quien mostrando el carácter que exhibiría años
después, no se amilanó, se paró desafiante y esponjado para aparecer más
corpulento, como hacen algunos seres de la naturaleza y con voz firme, le dijo
al burgomaestre local: “¡Señor alcalde,
usted manda en su municipio, pero yo mando en este rectángulo!”. La primera
autoridad del pueblo se retiró sin chistar siguiéndolo la multitud. El penalti
se cobró, el Juventud perdió, pero empezaba a brillar la estrella de un
personaje apasionante del fútbol colombiano: El Chato Velásquez.
El
Juventud despertaba tanto entusiasmo en la ciudad, que los aficionados llenaban
un álbum con sus integrantes. Cuando se completaban las figuras de todos los jugadores,
las personas tenían derecho a premios; esto nos da una idea del protagonismo de
Salamando, Joel y Nobel Jiménez, Cleto Castillo, Jaime Toro, Bernardo Ruiz, Lasso,
hermano del militar que fue secuestrado, Piata, Leva y muchos otros que la
memoria colectiva no ha olvidado.
Plaza de mercado. |
La plaza de mercado: un circo sin carpa. La galería de la ciudad era un verdadero circo sin carpa, con múltiples pistas. Cerrada por los cuatro costados y la parte central conformada por un terraplén sin techo, que facilitaba la labor de los vendedores de vermífugos y purgantes quienes ambientaban su presentación con una variedad de tenias, lombrices y otros inquilinos del estómago; locuaces cacharreros que ofrecían a precio de quema tasas, platos y pocillos con los cuales estremecían la estructura de la plaza de mercado para reivindicar la calidad y perdurabilidad de los materiales; pintorescos realizadores de saldos de ropa interior para dama, lanzándolos a la jura como si fueran paracaídas; juegos de azar, donde la gente le apostaba al ancla, la escalera, la mariposa. Especial interés despertaba la niña mentalista quien con los ojos vendados adivinaba los objetos que alguien presentaba: “Dígame qué tengo en la mano pero rápido que me voy a quemar”. Ella sin vacilar ni dudar un momento, respondía en el acto: un fósforo. Un murmullo de sorpresa salía de la multitud; dígame, volvía a preguntar el interlocutor: cual es el color del traje del policía que está a mi lado. Verde, decía la niña, dejándonos a todos estupefactos.
Pero
el plato fuerte de la jornada, se la llevaba ese amable embaucador llamado el
Culebrero, quien con sus grandes dotes histriónicas cautivaba al público durante
horas: se ufanaba de tener una culebra del Amazonas, vendía menjurjes para
curar todo tipo de enfermedades y maleficios hechos con exóticos ingredientes
de la selva mesclados con tres pelos: uno de la cabeza, otro de la axila y el
tercero no lo decía dizque porque le descubrían la fórmula. Vendía todas las
pomadas, al final recogía una caja vacía sin culebra alguna y nadie le hacía
reclamo. Paradójicamente, ocho días después, el mismo auditorio que mantuvo en
vilo con sus embaucadoras palabras, volvía a pasar horas enteras escuchando su
pintoresca verborrea y volviendo a comprar las mismas pomadas a las que solo le
había cambiado el nombre.
Más
de una vez, cuando me encomendaban la misión de madrugar los sábados por los
víveres con los cuales se debía atender una visita familiar, quedaba atrapado
en esa extraña conjunción espacio-tiempo, como un triángulo de las Bermudas en
esa dimensión alucinante que la plaza brindaba y seducido por la locuacidad y
elocuencia de los pintorescos personajes como el culebrero, nos hechizaba hasta
perder la noción del tiempo y olvidar la trascendental misión encomendada.
El autor de la piragua y dos claveles. |
La Fiesta de la Madre. La fiesta de la Madre siempre tuvo un significado especial para los santarrosanos; sin embargo, no tenía connotaciones comerciales, ni la sociedad de consumo se insinuaba aún con regalos suntuarios. Los presentes eran sencillos y empezábamos meses antes de la celebración a efectuar pequeños ahorros para el regalo para nuestra progenitora; por supuesto, la plaza de mercado era el sitio para adquirirlos. Normalmente y paradójicamente, reafirmando el estereotipo de la madre trabajadora y dedicada a su hogar, conseguíamos un plato, uno o dos pocillos y se envolvían en un vistoso papel celofán de vivos colores, cuya transparencia revelaba claramente su contenido. El detalle estaba acompañado de un ramillete espiritual, consistente en el número de oraciones, misas y comuniones que se habían hecho por la madre en los días anteriores; esta era la ofrenda que más agradaba a la progenitora. En los bares aledaños a la galería, se molía literalmente temas alusivos al Dios sin ateos, como algunos poetas llamaban a la autora de nuestros días. Se escuchaba especialmente el tema “Dos Claveles” del compositor José Barros, cuya hermosa letra rezaba así:
Ay
clavelito rojo
Que
llevo aquí en mi pecho
Va
pregonando amores
Amores
maternales
Yo
te llevaré siempre
En
el fondo de mi vida
Como
un recuerdo santo
De
mi madre querida.
Mi
pecho lanza un grito,
Y
al cielo una mirada
Para
pedirle a Cristo.
Cristo
bendito Dios,
No
lleves a mi madre
Mi
madrecita buena
Mi
madrecita santa
Que
mitiga mis penas.
Ay
clavelito blanco,
Que
en los pechos heridos
Va
llorando amarguras
De
un amor perdido
Pobres
los que lo llevan,
Sin
la madre en este mundo.
Cuando
pienso en la mía
Lloro
y me confundo (bis)
Las
madres son pedazo
De
corazones buenos
Los
hijos son las hojas
Del
árbol de la ilusión
El
que la tenga viva
Debe
quererla mucho,
El
que la tenga muerta
Rezarle
una oración.
Todas
las personas, siguiendo los dictados de la canción del autor de La Piragua,
lucían claveles plásticos en su solapa; rojos, si la madre aún vivía, y
blancos, si había fallecido. En las escuelas, se realizaba siempre el homenaje
conmemorando este día y se repartían insignias hechas en cinta, con los colores
referidos, según la condición de los presentes.
Lev jashim , la legendaria Araña Negra. |
Hechos impactantes. Aparte de las tragedias familiares, dos hechos marcaron nuestra existencia; su impacto fue tal que aún ahora podemos contar en detalle, dónde y qué estábamos haciendo en ese momento: El “glorioso” empate de la selección Colombia con el poderoso cuadro de Rusia en el Mundial de Chile 1962, y el asesinato de Jhon Fitzgerald Kennedy en 1963.
Colombia
ganó el derecho de ir al mundial de Chile eliminando al Perú. El citado
certamen despertó en el país, grandes expectativas; no era para menos, por
primera vez un seleccionado nacional participaba en un mundial de fútbol. Aunque
perdió el primer partido con Uruguay, el entusiasmo no decayó y se esperaba con
ansiedad el enfrentamiento con la Selección de Rusia, en ese entonces una potencia
futbolística económica y política, contaba entre sus filas con el mejor portero
del mundo, el legendario Lev Yashin. El guardameta, aparte de cuidar el marco
de la potencia comunista del mundo, poseía un halo de misterio: lucía una
indumentaria negra en la cancha de juego, además usaba gorra y guantes,
elementos exóticos para la época no usados antes por ningún guardavallas. Muy
pronto Rusia empezó a demostrar su superioridad y una vez el marcador se puso
4-1, la mayor parte de los colombianos, apagaron los radios, decepcionados y se
desentendieron del cotejo. Pero no está muerto quien lucha, y con una inusitada
reacción, el equipo patrio empezó a descontar el marcador y por esos fenómenos
de la comunicación de masas, la gente volvió a sintonizar el encuentro que
terminó empatado 4-4. Fue una gesta épica por la remontada en el marcador, la
calidad del equipo rival y sobre todo, porque se le habían encajado cuatro
goles a un guardavallas con fama de imbatible y con un valor agregado: uno de
los tantos fue gol olímpico, el único que hasta hoy se ha marcado en un
mundial.
La
proeza elevó la autoestima y acrecentó el orgullo de ser colombiano. Se
comentaba con alegría desbordante las incidencias del encuentro. la camiseta
del equipo ruso tenía impresa la sigla CCCP, alusiva a la Federación de Repúblicas
que conformaban la Unión Soviética y aprovechando la coyuntura, la picaresca
nacional se hizo presente parodiando la referida sigla con la Expresión: CON
COLOMBIA CASI PERDEMOS.
Con Colombia casi perdemos. |
El mundial no había acabado, las acciones del equipo y la moral de los colombianos llegaron a la cúspide. El último partido era con Yugoeslavia y con un empate pasaríamos a la siguiente ronda; todo estaba dado para que el país llegara al éxtasis. En nuestra escuela Pedro José Rivera se habilitó el salón más grande para concentrar a los alumnos en torno a un radio. Con algo de nerviosismo y sentados en el suelo, los niños oyeron cómo el locutor colombiano con voz lánguida, iba narrando los goles del equipo balcánico: 1, 2, 3, 4, 5 goles abrumaron a los héroes con Rusia. Después de los tres primeros tantos, la sala quedó casi vacía, Colombia fue eliminada y la ilusión se evaporaba. La figura del partido fue Draguslav Sekularav, quien se tragó la cancha, pasó como Pedro por su casa por la saga del equipo colombiano y fue catalogado como uno de los mejores jugadores del mundial. Con el tiempo, vino a jugar a Colombia con el Independiente Santa Fe; en Manizales tuve la fortuna de ver sus sorprendentes habilidades con el balón, las mismas que sepultaron el fugaz orgullo de los colombianos.
Jhon Fitzgerald Kennedy. |
Otro hecho que nos conmocionó entonces, fue la muerte del Presidente estadounidense. Jhon F. Kennedy, particularmente amado en Colombia y las repúblicas americanas por múltiples razones: era un mandatario católico en un país de mayoría protestante; había propiciado entre la población estudiantil de Colombia apoyo en alimentos a través del programa Alianza para el Progreso y su apuesta figura, su permanente sonrisa y su bella esposa, calaron muy hondo en el alma popular. Eran épocas tensas entre las dos potencias del mundo: Rusia y Estados Unidos. Cuba se había convertido en una nación comunista y Estados Unidos temiendo que la estrategia del dominó dejara a las demás naciones de Suramérica bajo el imperio del régimen comunista ruso, inició la llamada política del buen vecino, aproximándose a las naciones de habla hispana con ayudas materiales. Como consecuencia de los referidos proyectos, recibíamos en la escuela un refrigerio consistente en un vaso de leche. En la mañana se hacía un receso en las clases, un grupo de alumnos mezclaba la leche en polvo Care con agua en un recipiente de gran tamaño; luego con una especie de resistencia eléctrica envuelta en una base aislante, se hervía la preparación dejando lista la leche para ser consumida por los alumnos en pocillos metálicos. Los alimentos suministrados fueron objeto de críticas acervas por parte de los opositores al régimen quienes proclamaban a los cuatro vientos, que los alimentos producían esterilidad y tenían como fin no el de proveer complementación nutricional, sino el de reducir las posibilidades de aumento de la población en América. Con el tiempo se comprobó que lo aseverado eran infundios.
Otros
elementos adicionales se entregaban en cumplimiento de las ayudas por parte de
la Alianza para el Progreso, entre ellos, un agradable queso de color amarillo
que alcanzamos a probar gracias a nuestros primos mayores y aun instintivamente
y por memoria colectiva tratamos de avizorarlo con nostalgia en la nutrida
oferta ofrecida hoy por la globalización.
Aunque
para algunos la leche no era agradable, y que tomada en exceso “propiciaba el
enrarecimiento del ambiente estudiantil”, quedó en la memoria colectiva como un
gesto digno de agradecer contribuyendo así a aumentar la admiración y el
aprecio por el mandatario americano, sentimiento acentuado cuando la garbosa pareja visitó a Bogotá y se
construyó un barrio el cual llevaba su nombre; aunque, cosas de nuestra
idiosincrasia, una vez muerto Kennedy, los habitantes le cambiaron el nombre
por el de Onasis, quien se casó con la viuda del líder norteamericano inmolado,
esperando tal vez algún tipo de apoyo por parte el magnate griego.
Por
estas circunstancias, Colombia deploró la muerte del líder norteamericano.
Excelente narración; es muy importante, interesante y enriquecedor conocer la historia de nuestro pueblo.
ResponderEliminarGracias, estimado lector. Un saludo.
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