jueves, 16 de junio de 2016

La fiesta bárbara.



El cruel duelo de gladiadores.(Tomado Internet)


Los combates de gladiadores surgieron en Roma, inicialmente como un acto funerario reservado a la aristocracia. El rito sagrado exigía que la sangre de los gladiadores corriera  en memoria de los muertos para “apaciguar los espíritus” y evitar que desde el más allá, hostilizaran a quienes le sobrevivieron por no haber recibido las honras y los honores debidos. Pero el rito se convirtió en espectáculo público cuando los políticos, percatados de su popularidad, los convirtieron en un instrumento de propaganda para obtener grandes triunfos electorales y por ende fulgurantes ascensos en las altas esferas del poder. La muchedumbre sedienta de emociones fuertes, premiaba con su respaldo en las urnas a quien saciara su gusto por la sangre; por eso, el coctel de sádicos se refinaba perversamente para satisfacer al populacho: al principio, parejas de gladiadores enfrentados con diferentes armas, luchaban pos sus vidas; luego, centenares de contendientes exaltaban el morboso frenesí del público en batallas campales donde corría la sangre a raudales por el coliseo romano; con frecuencia en el interregno del evento seres humanos eran devorados por las fieras.


 
Otra modalidad del cruel circo romano: hombres devorados por las fieras.(Foto Internet)

Aunque la posteridad ha rechazado el cruel espectáculo, en nuestro país las altas  cortes legitiman las corridas de toros, que conservan la esencia y la crueldad del circo romano, reconociéndolas como manifestaciones de tipo “cultural”  e instan  perentoriamente al alcalde de Bogotá para acelerar la recuperación de la plaza de toros. Nada más antagónico y contrario a la voz de la justicia que una corrida de toros: para aceptarlas y digerirlas se debe apostatar y desconocer los principios jurídicos y éticos que rigen nuestra sociedad: la igualdad del combate entre el hombre y “la bestia” es alterada cuando al noble ejemplar se le recortan las astas y lo debilitan a golpes antes de salir al ruedo; se hace abstracción del sentido de la estética y la sensibilidad de todo ser viviente , cuando en cumplimiento de una de las fases de la lidia, el mozo de espadas, según el histriónico narrador en su condición de apologista del inicuo martirio, “deja un hermoso par de banderillas que adornan el lomo del toro”, ignorando el drama y el tormento del astado, herido por  un lacerante arpón de hierro con  garfios que adheridos al cuerpo del cornúpeta, desgarran músculos y tejidos al desplazarse por la arena para acudir a la provocación del matador; la legítima defensa y la inteligencia para reaccionar a la agresión son desconocidas por los “amantes del arte de cúchares” cuando el toro en vez de responder al engaño, “no se embriaga en el capote” y ataca con decisión a su torturador, gritan indignados:” ¡ toro asesino, toro matrero ¡” y lo matan apresuradamente para no correr riesgos. El reproche público cae también sobre el hermoso miura cuando, como todo ser viviente, siente el dolor y el instinto de conservación lo induce a alejarse de los bárbaros que lo asaetean horadándolo , llenando su cuerpo de cráteres por donde sale la sangre a borbotones:” ¡es un toro cobarde, se resiente ante el castigo!”, vuelve a gritar indignado el personaje de clavel en el ojal y postizo acento andaluz y la  muchedumbre, como dos mil años atrás, inclina el pulgar hacia abajo para apresurar la muerte del noble astado de color azabache y de armoniosa  estampa, no sin antes arponeándolo con múltiples estocadas, muchas de ellas atravesadas, que ponen a sufrir al respetable público, no por el dolor de la “bestia”, sino porque el torero va a perder las ensangrentadas orejas y el rabo con el que premian “las artísticas faenas”. 



Banderilla , foto Internet.
Al final, recostado contra las tablas en un último esfuerzo por resistir la parca  ya posesionada en la mirada sin brillo y extraviada, en medio del aullido morboso que en crescendo brota de los tendidos, cae para  dar paso  al picador, quién con la misma sevicia de sus compañeros de tercio, aguijonea con la picana la imponente testuz del agonizante toro; cubierto de oprobios el bovino ve venir la muerte como una auténtica liberación, como el triunfo sobre el dolor, como el triunfo sobre la barbarie humana , llamada “cultura” por quienes deben ser garantes del respeto y la dignidad de todos los seres de la naturaleza. 

En “el arrastre”, el respetable, desde su cómoda silla y ahíto de ron y manzanilla, silba y abuchea a los ejemplares “matreros” y los “cobardes”, a los primeros porque la inteligencia está proscrita en el espectáculo y a los segundos porque se les niega el derecho a tener instinto de conservación.



Una imagen vale más que cien palabras.(Foto Internet)
 Alguien comparó alguna vez al toro lidiado   en la fiesta bárbara con el pueblo: si levanta mucho la cabeza hay que ordenarle al varilarguero que hunda profundamente hasta las entrañas la siniestra lanza, para hacerle bajar la cerviz y “se embarque cómodamente en el capote”, sin peligro para el diestro; si desarrolla inteligencia, se debe acortar la faena, pues se prohíbe pensar en algo más que “simplemente fútbol.

 Algún día, cuando nuestra patria se inspire verdaderamente en  valores eternos, se respete la vida humana y la dignidad de los demás seres de la naturaleza, las corridas serán reconocidas como una tara social de infausto recuerdo.     


lunes, 9 de mayo de 2016

Mi encuentro con el Maestro


Después de una conferencia de Fernando Soto Aparicio en la universidad, fue invitado al club para un agasajo, como se acostumbraba antes con los visitantes importantes. Muy pronto se cansó de las zalemas y lisonjas de la alcurnia parroquial y discretamente, le comunicó a  su “chaperon” el deseo de escuchar la música nostálgica y antañona propia de la zona cafetera. En ese entonces, gozaba yo de una merecida fama de bohemio moderado y el chaperón convertido en estafeta, me confió la delicada misión de rescatar al maestro de su frívolo asedio para degustar en uno de nuestros santuarios los tangos, las milongas y los boleros que reblandecían nuestros sentimientos, al calor de unas gratas “polas”.

Fernándo Soto Aparicio.


 Pronto estuvimos en el bar de “Macano”, pero por ser un recinto pequeño, se encontraba lleno y muy a nuestro pesar decidimos buscar otro sitio; afuera, había una rústica banca hecha de guadua y el eco de la música, no alcanzaba a eclipsar el concierto de grillos y ranas provenientes de las mangas cercanas, pues aún la zona no había sido urbanizada. Fernando, sin pensarlo dos veces y exultante de satisfacción, dijo:” aquí nos quedamos, yo en Bogotá, nunca tendré el placer de vivir un momento bajo estas condiciones.”

 Bajo el refulgente cinturón de Orión y hasta muy entrada la noche sostuvimos una animada charla; no obstante, por momentos lucía, distante, su mirada se perdía en el entorno y cobraba interés cada vez que un borrachito, salía del interior del establecimiento y lo abrazaba, le contaba de su trabajo, del objeto de su orgullo: una  hija que entonces cursaba tercero bachillerato. Dispuestos a terminar con “las impertinencias” del amigable pero incómodo personaje, aprovechamos un furtivo ingreso del novelista al interior del bar para comunicarle al “intruso” que estaba ante uno de los mejores escritores de Colombia y que muy seguramente, su hija había leído como parte de su formación académica su emblemática obra “La rebelión de las ratas”. La información fue efectiva, pues el maestro no volvió a ser “importunado”.

 Pero al poco tiempo empezó  a extrañar la presencia del personaje y cuando le confesamos que nos vimos obligados a revelar su identidad para preservar su comodidad, un gesto de contrariedad se reflejó en su rostro, al tiempo que expresaba: “porqué hicieron eso?, no saben que el contacto con el pueblo raso es la cantera que nutre los protagonistas de mis obras?, él era un conductor de camión, al día siguiente saldría para el putumayo …” por esos días trabajaba en la novela “Palabra de Fuego”, la historia de un sacerdote quien realizaba su labor pastoral en un sector de Colombia donde el poder lo tenía los violentos, como también lo tenían los “tejedores de sudarios” en los Territorios nacionales como el putumayo, la boca del lobo a la que ingresaría el amable camionero, cuando iniciara su azaroso periplo por el sur del país.Pese a todo, en alguna de las obras del maestro quedaría retratado anónimamente, como ejemplo del esfuerzo y la lucha del trabajador colombiano y la fehaciente demostración  que el progreso del país no surge propiamente de sus 
líderes, sino de los pequeños empujones de la gente sencilla.



Nunca más vi a Fernando Soto Aparicio y a pocas horas de su muerte recuerdo la lección de aquella noche en la que a pesar de todo disfrutó y sintió la mágica sensación de  Rafael Pombo cuando exclamó en una de sus obras:


Gran noche… Tanta majestad me aterra,
Tanta sublimidad me causa espanto.
Dios cobija el misterio de la tierra
Con el misterio augusto de su manto.

Descanse en paz, maestro, valoramos su esfuerzo por dignificar a los humildes y hacer de Colombia una patria más justa.

   

domingo, 24 de abril de 2016

Santas, mozas y mujeres públicas.

En breve, el autor del presente blog, lanzará su nueva obra. A continuación presento un adelanto de la misma.

Santas, mozas y mujeres públicas.

El imperio de la autoridad masculina e perpetuó a través de los siglos en todas las clases y en las diferentes sociedades y épocas históricas. El mundo, moldeado por el hombre a través de la fuerza y la violencia de las guerras, dio origen a la antiquísima estructura social, psicológica y política donde el varón ostentaba el poder y usufructuaba los privilegios quedando la mujer relegada a ignominiosos niveles de marginalidad, sumisión y exclusión.
El estereotipo propio del pensamiento dominante, influenciado por los prejuicios ancestrales, se replicó en los conceptos religiosos, filosóficos y legales.



 Pandora en la mitología griega y Eva en el catolicismo, encarnan la perdición del hombre; los grandes pensadores como Aristóteles, considerado por algunos,, el modelo de todos los teólogos y la filosofía escolástica, catalogaba a la mujer “como un hombre inferior” y como las leyes son el resultado de los factores reales de poder, el código de Napoleón, cuyo compendio normativo sirvió de base para que Andrés Bello redactara las normas civiles de los países americanos, ente ellos, el colombiano, equiparó a la mujer casada con una menor de edad; aún después de adulta, no podía actuar legalmente, por sí misma, ni comprar ni vender sus bienes, ni viajar sin permiso de su marido.

Este sino dramático suscitó frases de angustia como la de Alfonsina Storny, quien interpretando el momento histórico que vivían sus compañeras de género exclamó, antes de inmolarse:”! Señor, el hijo mío que no nazca mujer!

Contracarátula de la obra Santas, Mozas y Mujeres Públicas , cuadro pintado especialmente para el libro por la destacada artista colombiana Catalina Hoyos P.


Pero el acero se templa a golpes. Surge el movimiento feminista con ímpetu alimentado por la llama interior de la libertad y la dignidad cuestionado las raíces más profundas de las relaciones entre los hombres y las mujeres apuntando a una nueva manera de entender el mundo. A pesa de los insultos y ofensas de “vírgenes amargadas”, “libertinas”, “hienas con faldas” el movimiento feminista levantó vuelo con la convencido que su opresión no formaba parte de un destino fatal, estremeciendo por su inusitada vehemencia, el modelo de sociedad de entonces, en lucha abierta contra la fuerza pública, fustigando con decisión los estamentos políticos y legislativos o empleando la resistencia civil acogida más tarde por Mahatma Gandhy.

 Al final el sendero abierto por las valientes activistas culminó con la reivindicación de sus derechos civiles hasta tipificar la frase de W.R.Wallas:”la mano que mece la cuna, es la mano que rige el mundo.”



Indira Gandhi: La mano que mece la cuna , es la mano que rige al mundo."




Benazir Bhutto, Primera Ministra de Pakistán.


La historia ha reconocido a Olimpia de Gouges, Emily Davinson, Manuela Beltrán, Policarpa Salavarrieta  y muchas valientes mujeres más Su admirable gesta en defensa de su dignidad y sus derechos; queremos con el trabajo de investigación Santas, mozas y mujeres públicas rescatar del olvido el nombre y la gesta de un grupo de humildes aldeanas que en su condición de esposas, amantes o mesalinas levantaron su voz para no aceptar sumisamente las imposiciones arbitrarias de entonces, en el marco de las transformaciones sociales, políticas y económicas de Cabal, un pueblo caucano, nacido en el seno de la Colonización Antioqueña.
  



El Rey desnudo.




“No tiene por qué ser verdad lo que todo el mundo piensa que es verdad”. Aunque las leyes que rigen la naturaleza son infalibles e irreversibles, con frecuencia nuestros sentidos perciben imágenes ajenas a la realidad: a las 6 de la mañana la ardiente mirada del sol aparece en el oriente, a las doce del día está en el zenit y se oculta por el occidente a la hora del ocaso. Si confiamos en nuestros sentimos diríamos, como los inquisidores de antaño, que el sol gira en torno a la tierra y con mayor razón si los libros sagrados así lo estipulaban. Afortunadamente Galileo, con su capacidad de auscultar los mundos ocultos, iluminó a la humanidad con la luz de la razón y desafiando los sofismas del pensamiento dominante demostró que la tierra gravitaba en torno al sol, no sin antes sufrir los vejámenes reservados para quienes con los rudimentos de la ciencia osaban desafiar los mitos que sustentaban el poder espureo.

 Pero si esto ocurre en el plano de las leyes físicas, de fatal cumplimiento, qué no ocurrirá en el cambiante mundo social, donde los intereses económicos y políticos moldean ilusorios paraísos donde la población se ufana de ser la más feliz del mundo o proclama, no sin cierto condimento masoquista “que maluco también es bueno.” La fábula “el traje nuevo del emperador” escrita en 1837 por el escritor Hans Cristian Andersen, hace alusión a los sutiles mecanismos para disfrazar la realidad a pesar de las evidencias que indican lo contrario. El magistral cuento para niños nos habla de las artimañas urdidas por dos hábiles estafadores, profundos conocedores de la naturaleza humana, al prometer al rey la confección de un rutilante, suave y delicado traje de oro que lo convertiría ante los ojos de sus súbditos en el rey sol.




 Aunque los ladinos personajes advirtieron que el traje sólo podía ser visto `por las personas limpias de corazón, el monarca aceptó la oferta y empezó a suministrar grandes cantidades de oro para diseñar la referida prenda. Mientras la corte observaba expectante el desarrollo de los acontecimientos, el rey envió a sus ministros a indagar por los avances de la obra. Por supuesto los emisarios no vieron nada, ni siquiera el oro, pues los taimados timadores se  habían apropiado del áureo metal; sin embargo, para guardar las apariencias y sin aceptar que no eran limpios de corazón regresaron ante el gobernante con postizo entusiasmo a ponderar la belleza del traje.


 El día para lucir ante el pueblo el vistoso atuendo llegó; dejaron en cueros al soberano, lo vistieron con el presunto traje de oro en una teatral pantomima celebrada con asombro por sus obsecuentes cortesanos y aunque veía con azoro su biringa y ridícula figura siguió la corriente y se presentó ante su súbditos; tampoco deseaba dejar en evidencia sus falencias éticas y morales y el pueblo, inmerso en la misma razón de hecho, admiró extasiado la majestad de su rey. Pero mientras el gobernante se paseaba entre la encandilada multitud con sus fofas carnes y sus piltrafas viriles expuestas irreverentemente al escarnio público, un niño, ese sí limpio de corazón, gritó a voz en cuello: ¡el rey está empelota¡ y como si se hubiese desvanecido un oscuro conjuro, el monarca avergonzado se refugió precipitadamente en su palacio y todos recuperaron el sentido de la realidad.

 La farsa  terminó gracias a la verdad vista a través de los ojos de un tierno e ingenuo ser que desarticuló el estado de ilusión colectiva fraguado por la mentira y el engaño.

La fábula constituye la verdadera alegoría del poder en todas las instancias: la actitud cortesana del coro de áulicos proclamando las virtudes del gobernante, el derroche del erario público para comprar conciencias y las cortinas de humo lanzadas preñadas de falsas expectativas, magnificadas por el bien aceitado aparato propagandístico de los medios de comunicación, generosamente recompensados por difundir la verdad oficial. Todo este artificial decorado  deforma  la realidad y  encumbra falazmente al gobernante que orondo y levitando entre las zalemas, loas y alabanzas “se pasea  desnudo con su corona de hielo bajo el sol”, ajeno al drama de sus conciudadanos.

 Al final,  cuando la burbuja estalla porque aparece el poder de la inocencia en la voz de un infante o esa armazón  de viento se va a pique por el peso de sus mentiras y contradicciones, al pueblo sólo le queda la desesperanza aprendida. 

y en medio de esta brumosa mezcla de realidad y fantasía en que vivimos sólo nos resta exclamar como el poeta:

En mi zozobra descifrar no acierto
si un muerto soy que sueña que está vivo
o un vivo que sueña que está muerto.
      


lunes, 18 de abril de 2016

Cuando sólo robaban los ladrones.


Hace ya algún tiempo mientras recorría las calles de Pereira, observé a un  niño portando una tosca vara de la cual pendían a manera de llaveros, las figuras de Pokemon, serie televisiva con una gran audiencia entre la población infantil de entonces. Aproveché la oportunidad para adquirir uno de los muñequitos con el fin de obsequiárselo a un sobrino, gran admirador de los referidos dibujos animados, pero al momento de cancelar la compra con un billete de veinte mil pesos, el precoz comerciante me dijo desconsolado: “ay.. no tengo devuelta, hoy no he bajado bandera”. En el lenguaje del comercio informal, significaba que no había vendido absolutamente nada. Sin embargo, cuando me disponía a marcharme, el recursivo niño, con una seguridad digna de brindarle confianza, literalmente solicitó el billete para cambiarlo y a manera de garantía me dejaba la vara con su mercancía; como soy de reflejos lentos, me vi de pronto en plena séptima con dieciocho con la vara y los monigotes, mientras mi único capital se hacía humo.

 
Foto Internet.


Después de diez minutos de espera, comienzo a recuperar el sentido común y mis atrofiadas neuronas empiezan a debelar la trama urdida por un pequeño embaucador: diez figuras a dos mil pesos cada una, sumaban veinte mil pesos, las mismas veinte mil barras que habían emprendido el vuelo. Sin embargo, después de veinticinco minutos y contra todas las evidencias continuaba sembrado en la misma esquina, mientras un profuso sudor corría por mi rostro; bueno, en realidad dada las circunstancias, no era sudor, en mi fuero interno sabía que era el  agua bautismal señal de ingenuidad y torpeza; no en vano Jesucristo habló en las bienaventuranzas de los mansos, ¡ no de los mensos!. Para colmo de males, buena parte de Santa Rosa había decidido transitar por la concurrida esquina y sus miradas de sorpresa me indujeron a buscar en vano instintivamente una pared para camuflar la situación.


Cuando resignado, empezaba a guardar  en mis bolsillos a pokemon y su corte de personajes, veo con sorpresa como aparece el niño; extenuado, sudoroso y jadeante y casi balbuciendo me dijo, “yo pensé que no lo iba  encontrar, tuve que bajar hasta El Lago, porque nadie me cambiaba el billete”. Yo más tranquilo por haber recobrado la dignidad, le pregunté por qué no se había quedado con el dinero,  casi con indignación me contestó: “no, señor; eso no se puede hacer, porque uno se sala y no vuelve  a bajar bandera nunca más.”


Fue una hermosa lección de ética por parte de un humilde infante sumido injustamente en la dura economía del rebusque, que me devolvió en su momento, la confianza en la humanidad.




miércoles, 30 de marzo de 2016

Discusiones bizantinas.

Discusiones bizantinas.

“Santanderismo” es la expresión acuñada en Colombia para definir interpretación dogmática de la ley en detrimento de la realidad y el bien jurídico protegido por la norma. No es por eso extraño que muchos litigantes animan a sus defendidos a despojarse de todo pudor con la frase  “dígame las cosas claritas que yo me encargo de enredarlas”. Pero la mentalidad rabulesca propia del mundo del derecho ha invadido todas las esferas de nuestro devenir social y político que se ve atrapado e inmovilizado en “sonados” debates anodinos e intrascendentes, como cuando en Constantinopla discutían con pasión el sexo de los ángeles, mientras los ejércitos invasores escalaban las murallas para anegar en sangre el imperio otomano de occidente.


Quiero referirles una significativa experiencia para refrendar lo expresado:
Asistía a un seminario sobre Cultura y como paso previo a abordar el tema en profundidad se dejó  en consideración del auditorio la definición “clara, concreta y precisa” de la expresión Cultura. Casi todos los participantes al evento hicieron sus aportes a la construcción colectiva del tema suscitando álgidos y candentes polémicas y aunque la discusión agotó el  primer día del certamen, no hubo ningún consenso para enmarcar en una palabra el objeto del seminario y digo casi todos, porque en un rincón del auditorio envuelto en un discreto silencio, permanecía un indígena ataviado con su ancestral indumentaria. Su muda presencia se interpretó como timidez, falta de asertividad o temor para expresar su opinión ante la avalancha de discursos veintejulieros solemnes y engolados de los asistentes. Se dejó como tarea para el día siguiente consultar con la almohada para poder resolver el  interrogante. 

Foto, Internet.


El segundo día tampoco hubo suficiente ilustración y otra vez se caldearon los ánimos pues según algunos las definiciones “eran cojas o no encarnaban con fidelidad la elusiva expresión. De pronto, el representante de la comunidad indígena se incorporó y ante un súbito y expectante silencio expresó: “ El seminario dura tres días, llevamos un día de discusiones vacías e inútiles. Yo quiero decirles que en nuestra lengua no existe la palabra cultura, pues la cultura está inmersa en toda nuestra cotidianidad: el río, la palma, el morichal, el bohío, la maloca, el jaguar, la cascada, la forma de tejer o de pintar, la danza, la risa y el llanto, los alabaos, la selva, los monos, la mariposa  las aves, el sol  la luna y todos los atributos de la madre tierra…”



Mono aullador de Santa Rosa. (fFoto Carlos Enrique Ruiz, publicista, artista y naturalista)



Mono aullador de la reserva Barbas Bremem , atropellado en la vía Pereira Armenia, cuando abandonó su hábitat.Foto periódico Qhubo.

Sin ningún preámbulo el evento pudo por fin empezar no sin cierto azoramiento por parte de los demás participantes. La visión del indígena de la cultura explica el porqué aún a costa de su vida, lucha por su entorno, valores y protección de su hábitat y nuestra indiferencia ante la destrucción del bosque nativo, la flora y la fauna como los monos aulladores, el armadillo, la chucha, el perro de monte, el coatí acorralados por torres de energía, tala de árboles y minería.              

lunes, 7 de marzo de 2016

La inolvidable gesta de Enrique Jaramillo Rincón.





Su momento más glorioso, cuando se coronó campeón nacional en el velódromo de Cali, representando los colores de nuestro departamento.

Salvo las sufridas participaciones de Uriel Santa y Jaime Ospina, luchando con más coraje que éxito  contra los grandes del ciclismo en la vuelta a Colombia, Santa Rosa Rosa no había tenido un deportista que ocupara las primeras planas de los grandes periódicos del país y en general de todos los medios de comunicación de Colombia como Enrique Jaramillo Rincón. Todos coincidían en que el joven de 19 años, sería el sucesor del héroe nacional Martín Emilio “Cochise” Rodríguez y aseguraron que el record en los cuatro mil metros persecución individual en poder del ídolo nacional pronto sería pulverizado por la nueva promesa del ciclismo que deslumbró con su triunfo en los tres mil metros persecución individual en el velódromo de Cali en 1972. Según uno de los medios de la época, “Jaramillo, saltó como liebre y derrotó a Rafael Narváez ante la mirada expectante del público y los dirigentes que no conocían las capacidades de este ciclista para desempeñarse en la fabulosa pista de madera, en el óvalo del velódromo local, considerado como uno de los más veloces del mundo.” Su gesta y su perfil atlético “de buena estatura, un envidiable estado físico, unas piernas de hierro y su impresionante estampa de campeón” le significaron la inclusión en la selección de ciclismo en pista que competiría en los juegos olímpicos de Munich, Alemania. Su entrenador Claudio Costa afirmó: “Jaramillo puede ser campeón del mundo , dejó sin opción a los grandes pisteros colombianos” y la revista en su género  más leída en el país, “Vea Deportes”, iniciaba un extenso reportaje pródiga en imágenes con las siguientes palabras:” Ha surgido un nuevo prospecto del ciclismo colombiano, integrante de la selección olímpica de pista que competirá en Munich, este muchacho de 19 años de edad, tiene un estilo elegante, técnico y muy cotizado para llegar a suceder al bicampeón mundial Martín Emilio “Cochise” Rodríguez.”


Enrique Jaramillo R.


Enrique, con Rubén Darío Gómez, gloria del ciclismo nacional y el entrenador nacional de ciclismo, Hernán Mesa.




"Será Enrique Jaramillo, el sucesor de Cochise?. Así titulaba la revista Vea Deportes, la más importante en su género en el país, un reportaje con  el entonces campeón.


Su gesta lo convirtió en figura nacional.





Un pequeño admirador, luciendo orgulloso la medalla del campeón ¿Quién será?, se convertiría después en u no de los escarabajos que deslumbraron a Europa?




 
Su buena estatura, un envidiable estado físico, unas piernas de hierro y su impresionante estampa de campeón, le valieron  el reconocimiento de la élite del ciclismo nacional.


Enrique, compañero de infancia, juegos, “gorros” y aventuras de quienes vivimos en el sector de “La Cueva”, fue hijo de don Eduardo Jaramillo y doña Concha Rincón; como todos los niños de la época, el primer contacto con el caballito de acero lo tuvo en la agencia de alquiler de bicicletas del “General”, un personaje de grandes mostachos, bonachón y comprensivo cuando los niños se entusiasmaban más de la cuenta montando en la “marranita” o “la gacela” y rebasaban el tiempo estipulado de media hora o una hora de alquiler. Luego, cuando su padre próspero comerciante le obsequió su primera bicicleta, empezó a demostrar  a nivel departamental todos los méritos que reconocerían después los protagonistas del deporte de las bielas. Compitió en la Vuelta de la Juventud, representando a Risaralda y su biotipo lo llevó a obtener grandes triunfos en las pistas del país, siendo el más importante  a nivel nacional en los tres mil metros persecución individual en 1972, en Cali que llenó de orgullo a los santarrosanos, porque por primera vez una figura local tenía reconocimiento nacional.



Su estrella brilló muy alto, pero su estela aunque fugaz, dejó impresa una profunda huella en nuestro pueblo y en todos los que compartimos con él los sueños de la infancia.


Época de estudiante en la Escuela Pedro José Rivera Mejía.


En el podium en una de sus competencias.




Fue nuestro sentido homenaje a un campeón.



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