domingo, 15 de noviembre de 2015

Memorias deshilvanadas por el tiempo.

La década del 50 del siglo XX, fue particularmente tensa en Colombia, pues el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948, había desencadenado una ola de violencia política entre liberales y conservadores. El país entero y particularmente el campo, se vio anegado en sangre; esta situación propició que un militar, Gustavo Rojas Pinilla, asumiera la Presidencia del país en 1953, derrocando al mandatario constitucional Laureano Gómez; este régimen de facto duraría hasta 1957, cuando a su vez fue depuesto y una Junta Militar asumió el gobierno transitoriamente mientras el país y las instituciones democráticas recobraban su vigencia.

En 1957 el pueblo colombiano, incluyendo las mujeres que hasta entonces no podían votar en el país, porque carecían de derechos políticos, sufragaron masivamente para establecer el llamado Frente Nacional, institución que pretendía eliminar el odio partidista, permitiendo la convivencia de  liberales y conservadores alternándose en el poder durante dieciséis años: cuatro años un presidente liberal, cuatro años un Conservador y además, todos los cargos públicos, aun los judiciales se dividían por partes iguales entre los correligionarios de los dos partidos. Los seguidores de otras tendencias políticas no tenían ninguna representación en la burocracia nacional.



Cartilla Alegría de Leer.


A la salida nos vemos. En Santa Rosa de Cabal durante la época mencionada, los niños asistían a la escuela a partir de los siete años; mientras tanto y era muy común en esa época, los párvulos ingresaban a una escuelita privada, a cargo de una maestra de avanzada edad, generalmente era una educadora retirada, quién enseñaba las primeras letras, las operaciones matemáticas y sobre todo, religión. Una de estas almas pías, era Benita Giraldo, famosa en todo el municipio porque muchas generaciones de santarrosanos fueron “desasnados” por ella, hasta tal punto que cuando se quería ofender a alguien, enrostrándole su falta de estudio y formación, se le decía irónicamente: “no pasó por las bancas de Benita”. Este insulto, se cobraba a puño limpio en uno de los callejones de la ciudad. Las peleas eran frecuentes, pero casi siempre se respetaba un código de honor que proscribía y censuraba el ataque aleve con piedras, armas o golpes cuando el rival estaba en el suelo. Con frecuencia, los contendientes se tenían respeto y vacilaban al iniciar el combate, no faltaba el “pato azuzador” que queriendo precipitar el enfrentamiento, estiraba la mano mientras repetía la expresión: “el que pica aquí, pica en la cara” o trazaba una recta incitándolos a invadir la jurisdicción de su rival, pero como ambos se tenían respeto, el duelo terminaba sin comenzar porque alguno de los contrincantes la emprendía contra el “careador”.

Decirle cuchillero a alguien era el peor de los insultos y quien ostentaba esta fama, era objeto del reproche público.




Aunque Evangelista Quintana, famoso educador de Cartago ya había diseñado sus cartillas desde el año 1930, en la época los textos de lectura eran las cartillas de Alegría de Leer, magistrales textos plenos de  sencillas, amenas y apologéticas lecturas de escritores americanos, maravillosamente ilustradas con imágenes a todo color, extraño para entonces, las lecturas citadas acercaban gratamente y sin traumatismos al mundo del saber y la lectura a los infantes de la época.

El catecismo Astete. La esencia del momento se basaba en la memorización mecánica y sin raciocinio de las lecciones, entre ellas tenían una vital trascendencia para los educadores el llamado Catecismo del Padre Astete. Este sacerdote de nombre Gaspar, había vivido durante la época de la Colonia redactor de un texto destinado a propagar en la juventud los principios básicos de la doctrina cristiana por medio de pregustas y respuestas: Quién es Dios? se preguntaba inicialmente y seguidamente se absolvía el interrogante: “Dios es un ser infinitamente bueno, poderoso, sabio, justo, principio y fin de todas las cosas. La chiquillería de antaño repetía sin conciencia alguna las respuestas del  desactualizado texto. Cuáles son los enemigos del hombre?, preguntaba la maestra y en coro respondían de viva voz: “mundo, demonio y carne”.

Recuerdo en particular el interrogante que intentaba explicar el misterio de la inmaculada concepción de la Virgen, y aunque nunca entendí ni la pregunta ni la respuesta, siempre sacaba 5 aclamado y aun ahora recuerdo su tenor: “…virgen en el parto, después del parto que fue concebida por obra y gracia del Espíritu Santo, como pasa un rayo de luz por un cristal sin romperlo ni mancharlo”.

Tuvieron que pasar muchos años para saber el mensaje o el dogma católico que el nacimiento de Cristo estuvo al margen de las particularidades que el hombre tiene para multiplicarse.

La campana es la voz de Dios. El maestro de entonces, como los sacerdotes y las autoridades políticas, eran “superiores en edad, dignidad y gobierno” y despertaban un temor reverencial; su autoridad no podía ser, por ningún motivo cuestionada. Se educaba no para formar personas asertivas sino sumisas, “respetuosas” que acataran sin reticencias las normas políticas, los postulados religiosos, pilares del orden establecido. Se acuñaba en la mente de los infantes, en tono solemne y grandielocuente la expresión “la campana es la voz de Dios” y a través de esta maquiavélica sentencia se moldeaban las personas pasivas que el sistema requería, con procedimientos a veces desbordados: cuando sonaba la campana para terminar el recreo, la población estudiantil debía callar, nadie se podía mover; uno de los profesores auscultaba con ojo de lince al párvulo que continuaba el movimiento o conversando y a veces era zarandeado ante la mirada de sus compañeros quienes difícilmente se atrevían a respirar; así se moldeaban “las personas que le servirían a la patria y a la religión”.

La educación como lo hemos dicho, era confesional, donde un código cristiano casi medieval era impuesto a través de la sentencia “la letra con sangre entra”, porque el fin primordial en la vida de una persona era la salvación del alma.

San Cristóbal


San Cristóbal, patrono de los conductores. Un santo en particular captaba mi atención, reivindicado  como símbolo de servicio a la comunidad: San Cristóbal, quien era en su momento el patrono de los conductores y a través de mi padre que ejercía esta profesión, reforcé mi devoción. Su historia nos apasionó: San Cristóbal buscaba a Cristo infructuosamente y se lanza a los caminos en pos de su mensaje vivificante, terminando por apostarse a la orilla de un río por donde pasaban incontables viajeros a los que él lleva hasta la otra orilla a cambio de unas monedas.

 Nadie le daba razón del hombre muerto en la cruz, que según algunos sabios, aterrorizaba al diablo, enaltecía al pobre y al humilde y castigaba al sátrapa.

Un día cruza la corriente llevando  un insignificante niño, a quien no se molesta en preguntar  “Qué va a saber aquella frágil criatura?”. A mitad del rio, su peso se hace insoportable y solo a costa de enormes esfuerzos consigue llegar a la orilla: Cristóbal llevaba en hombros más que el universo entero, al mismo Dios que lo creó y redimió. Por fin había encontrado a aquel a quien buscaba.

- ¿Quién eres, niño, que me pesabas tanto que parecía que transportaba el mundo entero? -Tienes razón, le dijo el niño. -Peso más que el mundo entero, pues soy el creador del mundo. Yo soy Cristo. Me buscabas y me has encontrado. Desde ahora te llamarás Cristóforo, Cristóbal, el portador de Cristo. A cualquiera que ayudes a pasar el río, me ayudas a mí.

Los poetas García Lorca y Antonio Machado lo han cantado con inspiradas estrofas. Su figura corpulenta y gigantesca con el niño en los hombros, decora muchísimas catedrales, como la de Toledo; San Cristóbal nos inspira protección y confianza. Según la tradición cristiana, fue encarcelado y el rey Dagón le solicitó que apostatara de su fe enviándole dos cortesanas para seducirlo, pero las hetairas fueron convertidas al catolicismo por el santo varón. Después de dolorosas torturas fue degollado.

Las creencias de entonces, no solo fueron revaluadas por la ciencia y la luz de la razón; también la iglesia, a través de sus sínodos cambió y modificó dogmas establecidos con anterioridad y con el tiempo supimos con tristeza, que la doctrina cristiana hizo una “purga” degradando a muchos santos, considerando que se habían colado en el santoral y no tenían méritos para estar a la diestra de Dios Padre; San Cristóbal, fue uno de ellos, se le quitó la aureola y quedó reducido a un NN, sin abolengo espiritual alguno. No obstante, en la memoria colectiva del pueblo, sobre todo en los transportadores y automovilistas del cual es su patrono, sigue vigente como protector. Hasta hace poco, conservaba un llavero distribuido  hace muchos años por la empresa Motoristas Santa Rosa, con la efigie del apasionante personaje cruzando un río llevando a cuestas al Dios hecho niño.

Charles Chaplin, uno de los actores preferidos por muchas generaciones.




Lo motilaron por cajetillas. Las diversiones infantiles eran variadas y el cine constituía una de las más importantes y como no siempre los padres tenían los sesenta centavos semanales para ingresar al matinal dominical en el Teatro Cabal, era necesario tener alternativas como fuente de financiación para ver a Cantinflas, El Llanero Solitario, Roy Rogers, las películas mexicanas con profusión de rancheras y balaceras, y la continuación de las series cuya primera parte terminaban en un crucial momento, como cuando el héroe abatido e inerme quedaba a merced de una siniestra serpiente: la imagen quedaba suspendida y aparecía un  letrero que decía: “Entre el cuello de nuestro héroe y el mortal colmillo de la serpiente, no cabía no siquiera un delgado hilo. Continuará”.

Los recursos para ir al cine se centraban en recoger cajetillas de cigarrillos, muy útiles en los salones de belleza para envolver el cabello y someterlo a una reacción química que lo carbonizaba y si la dama sobrevivía a la combustión, podía lucir orgullosa su ensortijada melena. Cuando alguien aparecía trasquilado y burdamente peluqueado, le decían burlonamente : lo motilaron por cajetillas.

Las mujeres le daban cuerpo al cabello con fórmulas caseras o domésticas cuya base principal era la cerveza; por eso, recorríamos las tiendas recogiendo todos los cunchos del referido licor para llenar porrones o frascos que eran generosamente recompensados por nuestras tías, destinatarias del remanente viscoso dejado por los borrachos en una noche de farra, cuya saliva debía complementar con mucha eficacia los principios activos de la cerveza para hacer lucir un cabello esponjado acorde con el uso de la época.

El recinto del Teatro Cabal se dividía en “Gallinero”, frecuentado por el pueblo llano, y “Luneta”, donde entraba la “gente bien”, quienes no en pocas ocasiones recibían la escupa de los patanes de  gallinero; por eso se decía que las películas no eran en tecnicolor y cinemascope sino en “cine me escupe”. Solamente entrábamos a Luneta cuando acompañábamos a algunas de las primas mayores, quienes valiéndose de su atractivo, habían engatusado previamente al portero del teatro para que se hiciera el de la vista gorda y nos permitieran seguir sin pagar.

Los domingos después de las dos de la tarde, el teatro presentaba el famoso “Social de Resistencia”, con tres películas continuas; los santarrosanos eran amantes del cine y tenían la costumbre de recortar las imágenes de las películas anunciadas en la sección de cine del  periódico El Tiempo y se esperaba con ansia la llegada de la cinta. Mientras tanto, la expectativa se complementaba con comentarios sobre el argumento y los actores.

La inolvidable Libertad Lamarque, 


Libertad Lamarque. Aparte de los filmes, el lujoso escenario del teatro con un ostentoso telón de fondo, se engalanaba con la presentación de grandes artistas de Colombia y de América, como la Orquesta de Armando Moreno, Fernando Valadez, quien se desplazaba en silla de ruedas porque una distraída criada le dio a beber un insecticida en vez de leche; Flor Silvestre y Antonio Aguilar, y en particular, la Diva Libertad Lamarque. El público se agolpó a la entrada del teatro para tributarle su testimonio de admiración, pero cuál sería la sorpresa cuando la escucharon cantar en el escenario sin que la vieran ingresar; no lo sabíamos entonces, pero el teatro tenía una salida lateral hacia la carrera 15, permitiéndole a la intérprete de Madre Selva y Besos Brujos actuar sin el asedio clamoroso de un efusivo público.

Boyondo. El escenario para travesuras y aventuras era extenso; con excepción del sector del Matadero y la Zonal de tolerancia, conocida con el nombre de “Machín”, los cuatro puntos cardinales estaban abiertos para recorrerlos persiguiendo globos, pescando grotescos corronchos con un costal después de consultar el Almanaque Bristol, exhibidos luego en un porrón con agua; atrapando los hermosos e iridiscentes “cupis”, pececillos de coloridos visos muy comunes en las múltiples quebraditas del pueblo; apostando gorros, con los amigos y desafiándolos a saltar el charco de aguas negras que tenía el romántico nombre de “Quebrada del Bollo”, terminando casi siempre sumergidos en las oscuras y pestilentes aguas y tragando el material coprológico de buena parte de la población, debiendo, para eliminar el putrefacto aroma, emplear el jabón de tierra, un pachulí barato llamado Agua Florida de Murray y Lanman, y hasta acudir a un exorcista para que nos permitieran reingresar a nuestras casas.

El código Aldemar. El fútbol era el deporte principal de los niños de antes; no había problemas para practicarlo, pues las grandes extensiones de terrenos para construir en la zona urbana y hasta las vacías calles de la ciudad facilitaban las “recochas” entre hinchas del Once Caldas y los del Pereira, o encuentros entre galladas de diferentes sectores. Los partidos no tenían tiempo límite ni restricciones en los goles anotados, desafiando la lluvia y las pantanosas canchas. Al frente de la plaza de mercado, se erigía la Cancha de Patiobonito, sede del invencible Juventud Santa Rosa, pero también escenario para desafíos entre diversos equipos. Como no era fácil conseguir árbitros, se debía contar con un pintoresco personaje con un raído sombrero de “cuatro aguas”, vendedor de paletas y quién no vacilaba en dejar a un lado el carrito con sus helados, fuente de su subsistencia, para aceptar el llamado y proceder a arbitrar los partidos de fútbol. El acucioso réferi se llamaba Aldemar y como casi nadie conocía las normas del juego, él se inventaba e imponía arbitrarias decisiones, obedecidas sin reservas por los participantes; así por ejemplo, se le ocurrió decir que después de dos tiros de esquina seguidos, se cobraba tiro penalti, y aunque el dictamen era absurdo, se empezó a acatar por los futbolistas en la ciudad y los equipos visitantes a pesar de  su  sorpresa; fue así como este humilde personaje creó un código propio para el fútbol y llamado por el pueblo con ironía, el “Código Aldemar”. Aun después de la desaparición del mencionado árbitro, nos enredábamos en candentes discusiones en el momento de presentarse dos corners o tiros de esquina seguidos: el Código Aldemar seguía presente en la memoria colectiva.



El glorioso Juventud Santa Rosa, 


El Juventud Santa Rosa .Patiobonito fue sede de gloriosos encuentros de fútbol y en la década del 50, Santa Rosa tenía un equipo semi profesional llamado el Juventud Santa Rosa. Los lunes se convirtieron en la ciudad en verdaderos días festivos, por cuanto los equipos profesionales que jugaban en el fortín de Libaré con el aguerrido Deportivo Pereira, eran invitados al día siguiente a enfrentarse con el club símbolo y orgullo de Santa Rosa. Ese lunes nadie trabajaba por la tarde y los momentos previos al cotejo tenían una particular solemnidad, una liturgia que empezaba en el parque y terminaba en la Cancha de Patiobonito encabezada por la Banda Municipal y seguida por los equipos contrincantes, y haciéndoles calle de honor literalmente toda la población, emocionada, ovacionando al equipo local pocas veces vencido en su jurisdicción. Grandes oncenos, con brillantes jugadores sucumbieron al ímpetu, la técnica y la capacidad goleadora del club local; uno de ellos, la Selección Buenaventura que a pesar de ser un equipo amateur en su momento, había vencido al legendario River Plate de Argentina. La selección Buenaventura contaba con una nómina estelar de luminarias en ciernes; posteriormente serían figuras de renombre nacional como Delio Maravilla Gamboa y Marino Klinger.

Un memorable encuentro, se celebró entre el equipo local y el Club Jabonerías Hada de Medellín, equipo semi profesional, nos cuenta  el dilecto amigo, integrante del club, Joel Jiménez que el juez era el polémico Chato Velásquez, quien aún no ejercía como árbitro profesional. El Chato se caracterizó por ser alguien con autoridad, belicoso y no se arredraba ante nadie, como lo demostró años después cuando arbitraba el partido entre Millonarios y el célebre Santos del Brasil, que tenía en sus filas al mejor jugador del mundo, Edson Arantes Do Nacimento “Pelé”. Pues bien, Pelé irrespetó al árbitro y el Chato Velásquez, sin importarle lo que le venía pierna arriba, porque la multitud había llenado el estadio para ver jugar al astro brasileño, lo expulsó, se atrevió  a  tocar a la celebridad y como era de esperarse, la presión de los brasileños y del público dejaron sin respaldo la decisión del juez, quien viéndose desautorizado tiró el pito a la grama y se retiró del campo indignado. El partido continuó con un juez de línea como árbitro.

Volviendo al encuentro entre Jabonerías Hada y Juventud Santa Rosa, el Chato Velásquez sancionó un tiro penal en contra del equipo local; todos los espectadores y hasta el Alcalde del municipio invitado de honor al partido, se fueron en tropel y rodearon amenazantes al árbitro, quien mostrando el carácter que exhibiría años después, no se amilanó, se paró desafiante y esponjado para aparecer más corpulento, como hacen algunos seres de la naturaleza y con voz firme, le dijo al burgomaestre local: “¡Señor alcalde, usted manda en su municipio, pero yo mando en este rectángulo!”. La primera autoridad del pueblo se retiró sin chistar siguiéndolo la multitud. El penalti se cobró, el Juventud perdió, pero empezaba a brillar la estrella de un personaje apasionante del fútbol colombiano: El Chato Velásquez.

El Juventud despertaba tanto entusiasmo en la ciudad, que los aficionados llenaban un álbum con sus integrantes. Cuando se completaban las figuras de todos los jugadores, las personas tenían derecho a premios; esto nos da una idea del protagonismo de Salamando, Joel y Nobel Jiménez, Cleto Castillo, Jaime Toro, Bernardo Ruiz, Lasso, hermano del militar que fue secuestrado, Piata, Leva y muchos otros que la memoria colectiva no ha olvidado.

Plaza de mercado.


La plaza de mercado: un circo sin carpa. La galería de la ciudad era un verdadero circo sin carpa, con múltiples pistas. Cerrada por los cuatro costados y la parte central conformada por un terraplén sin techo, que facilitaba la labor de los vendedores de vermífugos y purgantes quienes ambientaban su presentación con una variedad de tenias, lombrices y otros inquilinos del estómago; locuaces cacharreros que ofrecían a precio de quema tasas, platos y pocillos con los cuales estremecían la estructura de la plaza de mercado para reivindicar la calidad y perdurabilidad de los materiales; pintorescos realizadores de saldos de ropa interior para dama, lanzándolos a la jura como si fueran paracaídas; juegos de azar, donde la gente le apostaba al ancla, la escalera, la mariposa. Especial interés despertaba la niña mentalista quien con los ojos vendados adivinaba los objetos que alguien presentaba: “Dígame qué tengo en la mano pero rápido que me voy a quemar”. Ella sin vacilar ni dudar un momento, respondía en el acto: un fósforo. Un murmullo  de sorpresa salía de la multitud; dígame, volvía a preguntar el interlocutor: cual es el color del traje del policía que está a mi lado. Verde, decía la niña, dejándonos a todos estupefactos.

Pero el plato fuerte de la jornada, se la llevaba ese amable embaucador llamado el Culebrero, quien con sus grandes dotes histriónicas cautivaba al público durante horas: se ufanaba de tener una culebra del Amazonas, vendía menjurjes para curar todo tipo de enfermedades y maleficios hechos con exóticos ingredientes de la selva mesclados con tres pelos: uno de la cabeza, otro de la axila y el tercero no lo decía dizque porque le descubrían la fórmula. Vendía todas las pomadas, al final recogía una caja vacía sin culebra alguna y nadie le hacía reclamo. Paradójicamente, ocho días después, el mismo auditorio que mantuvo en vilo con sus embaucadoras palabras, volvía a pasar horas enteras escuchando su pintoresca verborrea y volviendo a comprar las mismas pomadas a las que solo le había cambiado el nombre.

Más de una vez, cuando me encomendaban la misión de madrugar los sábados por los víveres con los cuales se debía atender una visita familiar, quedaba atrapado en esa extraña conjunción espacio-tiempo, como un triángulo de las Bermudas en esa dimensión alucinante que la plaza brindaba y seducido por la locuacidad y elocuencia de los pintorescos personajes como el culebrero, nos hechizaba hasta perder la noción del tiempo y olvidar la trascendental misión encomendada.

El autor de la piragua y dos claveles.


La Fiesta de la Madre. La fiesta de la Madre siempre tuvo un significado especial para los santarrosanos; sin embargo, no tenía connotaciones comerciales, ni la sociedad de consumo se insinuaba aún con regalos suntuarios. Los presentes eran sencillos y empezábamos meses antes de la celebración a efectuar pequeños ahorros para el regalo para nuestra progenitora; por supuesto, la plaza de mercado era el sitio para adquirirlos. Normalmente y paradójicamente, reafirmando el estereotipo de la madre trabajadora y dedicada a su hogar, conseguíamos un plato, uno o dos pocillos y se envolvían en un vistoso papel celofán de vivos colores, cuya transparencia revelaba claramente su contenido. El detalle estaba acompañado de un ramillete espiritual, consistente en el número de oraciones, misas y comuniones que se habían hecho por la madre en los días anteriores; esta era la ofrenda que más agradaba a la progenitora. En los bares aledaños a la galería, se molía literalmente temas alusivos al Dios sin ateos, como algunos poetas llamaban a la autora de nuestros días. Se escuchaba especialmente el tema “Dos Claveles” del compositor José Barros, cuya hermosa letra rezaba así:

Ay clavelito rojo
Que llevo aquí en mi pecho
Va pregonando amores
Amores maternales
Yo te llevaré siempre
En el fondo de mi vida
Como un recuerdo santo
De mi madre querida.

Mi pecho lanza un grito,
Y al cielo una mirada
Para pedirle a Cristo.
Cristo bendito Dios,
No lleves a mi madre
Mi madrecita buena
Mi madrecita santa
Que mitiga mis penas.

Ay clavelito blanco,
Que en los pechos heridos
Va llorando amarguras
De un amor perdido
Pobres los que lo llevan,
Sin la madre en este mundo.
Cuando pienso en la mía
Lloro y me confundo (bis)

Las madres son pedazo
De corazones buenos
Los hijos son las hojas
Del árbol de la ilusión
El que la tenga viva
Debe quererla mucho,
El que la tenga muerta
Rezarle una oración.


Todas las personas, siguiendo los dictados de la canción del autor de La Piragua, lucían claveles plásticos en su solapa; rojos, si la madre aún vivía, y blancos, si había fallecido. En las escuelas, se realizaba siempre el homenaje conmemorando este día y se repartían insignias hechas en cinta, con los colores referidos, según la condición de los presentes.


Lev jashim , la legendaria Araña Negra.


Hechos impactantes. Aparte de las tragedias familiares, dos hechos marcaron nuestra existencia; su impacto fue tal que aún ahora podemos contar en detalle, dónde y qué estábamos haciendo en ese momento: El “glorioso” empate de la selección Colombia con el poderoso cuadro de Rusia en el Mundial de Chile 1962, y el asesinato de Jhon Fitzgerald Kennedy en 1963.

Colombia ganó el derecho de ir al mundial de Chile eliminando al Perú. El citado certamen despertó en el país, grandes expectativas; no era para menos, por primera vez un seleccionado nacional participaba en un mundial de fútbol. Aunque perdió el primer partido con Uruguay, el entusiasmo no decayó y se esperaba con ansiedad el enfrentamiento con la Selección de Rusia, en ese entonces una potencia futbolística económica y política, contaba entre sus filas con el mejor portero del mundo, el legendario Lev Yashin. El guardameta, aparte de cuidar el marco de la potencia comunista del mundo, poseía un halo de misterio: lucía una indumentaria negra en la cancha de juego, además usaba gorra y guantes, elementos exóticos para la época no usados antes por ningún guardavallas. Muy pronto Rusia empezó a demostrar su superioridad y una vez el marcador se puso 4-1, la mayor parte de los colombianos, apagaron los radios, decepcionados y se desentendieron del cotejo. Pero no está muerto quien lucha, y con una inusitada reacción, el equipo patrio empezó a descontar el marcador y por esos fenómenos de la comunicación de masas, la gente volvió a sintonizar el encuentro que terminó empatado 4-4. Fue una gesta épica por la remontada en el marcador, la calidad del equipo rival y sobre todo, porque se le habían encajado cuatro goles a un guardavallas con fama de imbatible y con un valor agregado: uno de los tantos fue gol olímpico, el único que hasta hoy se ha marcado en un mundial.

La proeza elevó la autoestima y acrecentó el orgullo de ser colombiano. Se comentaba con alegría desbordante las incidencias del encuentro. la camiseta del equipo ruso tenía impresa la sigla CCCP, alusiva a la Federación  de  Repúblicas que conformaban la Unión Soviética y aprovechando la coyuntura, la picaresca nacional se hizo presente parodiando la referida sigla con la Expresión: CON COLOMBIA CASI PERDEMOS.

Con Colombia casi perdemos.


El mundial no había acabado, las acciones del equipo y la moral de los colombianos llegaron a la cúspide. El último partido era con Yugoeslavia y con un empate pasaríamos a la siguiente ronda; todo estaba dado para que el país llegara al éxtasis. En nuestra escuela Pedro José Rivera se habilitó el salón más grande para concentrar a los alumnos en torno a un radio. Con algo de nerviosismo y sentados en el suelo, los niños oyeron cómo el locutor colombiano con voz lánguida, iba narrando los goles del equipo balcánico: 1, 2, 3, 4, 5 goles abrumaron a los héroes con Rusia. Después de los tres primeros tantos, la sala quedó casi vacía, Colombia fue eliminada y la ilusión se evaporaba. La figura del partido fue Draguslav Sekularav, quien se tragó la cancha, pasó como Pedro por su casa por la saga del equipo colombiano y fue catalogado como uno de los mejores jugadores del mundial. Con el tiempo, vino a jugar a Colombia con el Independiente Santa Fe; en Manizales tuve la fortuna de ver sus sorprendentes habilidades con el balón, las mismas que sepultaron el fugaz orgullo de los colombianos.

Jhon Fitzgerald Kennedy.


Otro hecho que nos conmocionó entonces, fue la muerte del Presidente estadounidense. Jhon F. Kennedy, particularmente amado en Colombia y las repúblicas americanas por múltiples razones: era un mandatario católico en un país de mayoría protestante; había propiciado entre la población estudiantil de Colombia apoyo en alimentos a través del programa Alianza para el Progreso y su apuesta figura, su permanente sonrisa y su bella esposa, calaron muy hondo en el alma popular. Eran épocas tensas entre las dos potencias del mundo: Rusia y Estados Unidos. Cuba se había convertido en una nación comunista y Estados Unidos temiendo que la estrategia del dominó dejara a las demás naciones de Suramérica bajo el imperio del régimen comunista ruso, inició la llamada política del buen vecino, aproximándose a las naciones de habla hispana con ayudas materiales. Como consecuencia de los referidos proyectos, recibíamos en la escuela un refrigerio consistente en un vaso de leche. En la mañana se hacía un receso en las clases, un grupo de alumnos mezclaba la leche en polvo Care con agua en un recipiente de gran tamaño; luego con una especie de resistencia eléctrica envuelta en una base aislante, se hervía la preparación dejando lista la leche para ser consumida por los alumnos en pocillos metálicos. Los alimentos suministrados fueron objeto de críticas acervas por parte de los opositores al régimen quienes proclamaban a los cuatro vientos, que los alimentos producían esterilidad y tenían como fin no el de proveer complementación nutricional, sino el de reducir las posibilidades de aumento de la población en América. Con el tiempo se comprobó que lo aseverado eran infundios.

Otros elementos adicionales se entregaban en cumplimiento de las ayudas por parte de la Alianza para el Progreso, entre ellos, un agradable queso de color amarillo que alcanzamos a probar gracias a nuestros primos mayores y aun instintivamente y por memoria colectiva tratamos de avizorarlo con nostalgia en la nutrida oferta ofrecida hoy por la globalización.

Aunque para algunos la leche no era agradable, y que tomada en exceso “propiciaba el enrarecimiento del ambiente estudiantil”, quedó en la memoria colectiva como un gesto digno de agradecer contribuyendo así a aumentar la admiración y el aprecio por el mandatario americano, sentimiento acentuado  cuando la garbosa pareja visitó a Bogotá y se construyó un barrio el cual llevaba su nombre; aunque, cosas de nuestra idiosincrasia, una vez muerto Kennedy, los habitantes le cambiaron el nombre por el de Onasis, quien se casó con la viuda del líder norteamericano inmolado, esperando tal vez algún tipo de apoyo por parte el magnate griego.

Por estas circunstancias, Colombia deploró la muerte del líder norteamericano.











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