jueves, 7 de noviembre de 2013

El " endemoniado" defensor de la fe Católica.



El “endemoniado” defensor de la fe Católica.

(EL Sacerdote que estremeció con su franqueza a una sociedad  con valores victorianos)


Los actos administrativos expedidos por los alcaldes de Santa Rosa de Cabal, en el siglo XIX, estaban inspirados en el lema DIOS Y PATRIA; la fe y la nacionalidad constituían la fuente o el móvil de las actuaciones de los funcionarios oficiales.

Los sacerdotes  a quienes hasta 1.850 aproximadamente, el estado les pagaba el salario en cumplimiento de los acuerdos establecidos con la iglesia, tuvieron en Santa Rosa en su momento, gran protagonismo y lideraron no sólo la orientación espiritual del pueblo; también fueron decisivos artífices de las obras que mejoraron la calidad de vida de la población.

El primer sacerdote José Ramón Durán de Cázares, lo encontramos en 1.849 como repartidor de tierras, dirigiendo la construcción y posteriores refacciones del puente sobre el río Otún y otras obras de interés para la comunidad; Juan Nepomuceno Parra a partir de 1.870, fecha en que la ciudad fue “ reinventada”, porque su crecimiento ameritaba un replanteamiento arquitectónico respecto al trazado realizado durante la fundación, convocó a la ciudadanía para erigir el templo; la Comunidad Vicentina, mientras cumplía su misión como Pastores de Almas, motivaba  a la población para la construcción del Hospital y  estimulaba la economía difundiendo la siembra del pasto micay para convertir la ganadería en un nuevo renglón rentístico de la ciudad; el padre Pinzón, quien en vez de la Biblia , cargaba un libro con  “Las mil y una fórmulas para fabricar productos de uso doméstico” que compartía con sus feligreses y vinculó a lo santarrosanos en proyectos relacionados con la agricultura, la industria de telares y la explotación de ganado caprino, como alternativa para ampliar la producción lechera en el municipio. La lista de tonsurados es interminable, cada uno  de ellos ocupó un lugar en el corazón de su grey; pero  el pueblo  recuerda con especial afecto al padre Londoño.

Ptero. Francisco Londoño. Con su lenguaje claro y sin tapujos cuestionó el acartonamiento de una sociedad sigbnada por la apariencia.


El Padre Francisco Londoño, sumaba a su energía creadora y gran capacidad de convocatoria para realizar las obras cívicas, la elocuencia y la fogosidad características de sus homilías. Era la estrella o vedette de La Misa Mayor, para emplear los términos faranduleros de hoy; sus intervenciones llegaban al corazón de los asistentes al colmado templo, fueran estos asiduos usuarios de “Machín,” el barrio de “mujeres públicas”, envueltos en aroma de tabaco, ron y esperma; beatas emanando incienso; pedantes aristócratas parroquiales o humildes hombres del pueblo. El eco de sus mensajes guiaba a toda la población por senderos de reflexión.

Su verbo, de acuerdo con la ocasión o el mensaje propuesto, se enaltecía aproximándose a las dimensiones estéticas de quienes “sacrificaban un mundo para pulir un verso” como Cervantes o  Guillermo Valencia;  acariciaba  el profano impudor de Quevedo o se hundía en el fango de la procacidad. Era un espíritu contradictorio y complejo; ese era el secreto para cumplir con éxito su misión evangelizadora entre la heterogénea sociedad de la ciudad.
Del levita aún persiste en la memoria colectiva del pueblo  un rico anecdotario; compartimos con los lectores parte de sus graciosas ocurrencias, que, como  dice el pueblo, “lo pintan de cuerpo entero “:

Por orden de sus superiores ejerció su Ministerio, inicialmente en el cálido municipio de La Dorada, situado en las riveras del río Magdalena; como todo puerto, tenía una población heterogénea donde predominaba un sector contestatario, rebelde y reacio a aceptar con sumisión los dogmas de la religión; conociendo el temple mandón del cura y la indisciplina de los porteños, pocos veían con buenos augurios su estadía en la ciudad, eran fuerzas antagónicas, se repelían y el corto circuito, no tardaría en llegar.

Pero, ocurrió todo lo contrario. Ante un auditorio numeroso pero displicente, ceño adusto y prevenido, inició su sermón; coincidía el esperado debut con un aniversario de la muerte del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, de grato recuerdo para su auditorio y rompió el hielo reivindicando su gesta: ”¡ no soy un hombre, soy un pueblo¡, ¡ Colombia no es un país de dos partidos, es un país que los corruptos han dividido en dos¡, ..”  Con seductores recursos histriónicos, el clérigo estremeció a los concurrentes, narrando las proezas del tribuno inmolado e intercalando su alocución con las impactantes frases que Gaitán dejó para la historia y llegando al clímax del dramatismo, cuando abordó su final,   víctima de las balas asesinas de Roa Sierra;  abocó este angustioso momento para las clases desfavorecidas del país, con la misma pasión que narraba los momentos de la muerte  de Cristo en la cruz. Sus palabras eran sinceras; los concurrentes dulcificaron su semblante y supieron que tenían un verdadero guía espiritual.

Después de su paso por La Dorada, el religioso ejerció su ministerio en Santa Rosa a partir del año de 1.957; en esta población empezó a convertirse en leyenda  

Hospital San Vicente de Paúl, en tiempos delPresbítero Francisco Londoño.


En la “Ciudad de las Araucarias”, tuvo con la mayor parte de la población gran empatía y a pesar de emplear el garrote y la zanahoria en el ejercicio de su ministerio, la población lo estimaba; por eso, esperando encontrar una frase halagadora sobre el talante de los santarrosanos, las personas le preguntaban su impresión sobre la ciudad y respondía con su sorna característica: “Salí de un pueblo habitado por calientacamas para  otro lleno de beatas”.

El sacerdote cumplía las funciones propias de su actividad pastoral movilizándose en un carro marca volskwaguen,  conocido popularmente como “la pulga”; asimismo poseía una mascota, un perro ñato, feo y torpe, de raza  bulldog, llamado “Tari”. En cierta ocasión al levita le robaron  el carro, hecho que impactó a la población; todo el mundo se solidarizó con el padre, pero para solaz y alegría de los parroquianos, el vehículo fue recuperado por la policía. La aparición del auto fue tema de conversación de cuanto ciudadano se encontrara al cura, interesado en conocer intimidades del caso: “ ¿padre, verdad que encontraron la pulga? Sí, mijita respondía el tonsurado y ¿dónde padre?, y les contaba las circunstancias de tiempo, modo y lugar del rescate del vehículo. La paciencia del levita se agotó cuando debido a la morbosa curiosidad de nuestra  gente,  debía repetir la misma historia en todas partes. Un día de mercado, cuando pululaba la gente en la plaza, un efusivo personaje le hizo la pregunta que ya había taladrado su oído de tanto escucharla:” ¿verdad padre…? , siiii, miijo, respondió. ¿Dónde? y haciendo gala de su característico  vozarrón,  de tal modo que nadie se quedara sin oírlo, respondió:  “¡ En las guevas de Tari¡ ”. Y hasta ahí llegó el cuento.

Algunos “notables” de la ciudad, hacían gala de  una afectada vanidad y constantemente sacaban a relucir los blasones de la estirpe, su abolengo y “limpieza de sangre”, como se estilaba en la época de la Colonia. Cierto día, un orgulloso  feligrés exhibía soberbio el árbol genealógico de su familia, que presumiblemente se remontaba a la época de los fundadores y en tono de reproche le dijo el cura: “siga buscando tatarabuelos y va a encontrar tataraputas; porque en cada generación, una puta y un ladrón”. Desinflando al empavonado tipo.

Sant Rosa de Cabal durante la época en que el sacerdote Francisco Londoño fué Parroco.


Alguna vez una madre de familia lo abordó en el despacho parroquial para preguntarle cuando iría a Manizales, pues una de sus hijas debía hacer una vuelta en la capital y quería enviarla con alguien de confianza. El párroco la miró con gesto severo y le dijo: “ a usted todavía le corre el agua bautismal por encima; ¿ o es que cree que a los curas no se les para?; no crea en santos con güevas, mijita” y agregó,: “ cuando a las muchachas se les calienta ese motorcito no las ataja nadie”. Al día siguiente, la mamá salió con su hija para Manizales y se convirtió desde entonces, en su sombra.

Durante un paseo de integración, mientras se bañaba en la piscina de  termales, una monjita alarmada al verlo incursionar en la parte más cálida le dijo: “Padre, no se haga en ese sitio que allí se entibian los huevos.” Respondiendo en el acto: “no se preocupe hermanita, que yo sólo me meteré hasta donde el agua me llegue a las rodillas”. La seriedad del sacerdote al responder, ruborizó a la religiosa.

Sabiendo que la presencia del santo hace milagros, él mismo se encargaba de recoger la ofrenda para la iglesia, desplazándose con una ponchera por toda la iglesia y agradeciendo con un “Dios le pague”, el óbolo. El padre durante una de sus homilías había hablado del poder corruptor del dinero, llamándolo “estiércol del demonio”. El discurso debe haber calado muy hondo entre el auditorio, porque cuando se acercó a uno de los asistentes de tez trigueña,   requiriendo la limosna, éste se negó diciendo: “padre, la plata no hace falta; es el estiércol del demonio”. El factor sorpresa lo dejó sin reacción y continuó con la colecta; de improviso y como impulsado por un resorte, se devolvió y con voz estentórea, que retumbó en el templo, le dijo al personaje de marras: ¡ Cagá negro, cagá negro¡. 

Antes del oficio religioso, acostumbraba pasearse por la nave central de la iglesia con  un misal, concentrado y sumido en la lectura; inspiraba tanto respeto entre los asistentes a la misa, que nadie hablaba, ni osaba perturbar su meditación. Sólo se percibía el eco de sus pasos, incrementados por el silencio que reinaba en el augusto recinto. Dos damas se acercaron hasta él; una de ellas, había contraído nupcias recientemente y le hizo una pregunta muy íntima: “padre, yo estoy recién casada y no quiero tener hijos tan ligero y me han dicho que el limón es muy bueno para evitar la familia”. El prelado respondió a viva voz, con ese vozarrón que estremecía los vitrales del templo: Sí, señora, el limón es muy bueno” “ay padre,” dice la dama ”¿cómo lo usamos, en jugo o en limonada?”. “Como quiera mija”, fue la respuesta. Padre, siguió inquiriendo la señora: “¿antes de aquello o después de aquello?”  “Nooo, mijita, ¡en vez de aquello¡.” Y continuó su lectura.


Casa Consistorial o antigua alcaldía.


 
Interior de la Casa Consistorial o antigua alcaldía de Santa Rosa de Cabal.


Endemoniado” defensor de la fe de Cristo”. Francisco Londoño era un personaje polémico y estaba muy lejos de la imagen mística y beata,  requerida por un sector de la población, para encarnar el pastor digno de guiar a su grey hacia la salvación. Como era consciente que “no era monedita de oro”, para gustarle a todo el mundo, no se sorprendió, cuando en el altar encontró un anónimo consignando una serie de cargos  deslegitimando su sagrada misión.

“El expediente”, abierto por el misterioso detractor, consignaba cuatro cargos, en contra del prelado:
1.    No era digno de estar ocupando el cargo, para el cual había sido nombrado por el excelentísimo Señor Obispo.
2.    No era un buen confesor, como debiera corresponder a un sacerdote que estaba al frente de tan ilustre parroquia.
3.    Contrariaba con sus actos la templanza exigida por la ley de Dios, y de manera especial, asistía a banquetes mundanos y homenajes en lugares distinguidos por su lujo y boato.
4.    Muchos de los feligreses, buenos y virtuosos antes de su llegada a la ciudad, habían perdido la fe en Cristo como consecuencia de sus sermones y homilías y el desparpajo al hablar.

El domingo en la misa de diez, llamada  Misa Mayor, por su solemnidad y nutrida asistencia, el prelado inculpado hizo sus descargos desde el púlpito, convertido en un estrado judicial y después de leer detalladamente los cargos, hizo su defensa, más o menos, de la siguiente manera:

“Respecto del primer cargo, respondo: soy el primero en aceptar y comprender la ausencia de las virtudes y conocimientos necesarios para desempeñar las funciones de cura párroco de tan importante e ilustre iglesia; pero obedeciendo de inmediato el honor conferido por mi superior eclesiástico, me vi obligado a aceptar dicho nombramiento. Reconozco el gran valor intelectual, espiritual y moral de mis antecesores, hecho que me hace más indigno de estar en esta distinguida comunidad.

A la segunda incriminación, digo: Observo claramente que el autor o autora del anónimo, es persona inteligente al acusarme de no ser un buen confesor, porque  serlo, es una gracia concedida por Dios a algunos sacerdotes, don que seguramente no tengo el privilegio de disfrutar, a pesar de mis oraciones, clamando poder estar a la altura de tan trascendental responsabilidad; pero, como dijo san Alfonso, “ conformarse con la voluntad de Dios, es la oración más hermosa del alma cristiana”.

Seguramente, respondiendo al tercer punto, el acusador está equivocado al acusarme de asistir a sitios elegantes y distinguidos para participar en pantagruélicos banquetes y comilonas, teniendo en cuenta que estoy impedido para ello porque he perdido accidentalmente parte de los dedos de una de mis manos; por lo tanto, me es verdaderamente difícil el manejo de los cubiertos como ordenan las rigurosas normas de etiqueta y de la buena educación ; además, como dijo Shakespeare, “un vientre obeso pregona un pobre cacumen porque los bocados suculentos envilecen la carne y arruinan el espíritu”.

Me  llena de una profunda tristeza, de un profundo abatimiento y de una total angustia, la cuarta acusación, teniendo en cuenta mi gran responsabilidad en el manejo espiritual y moral de cada uno de mis feligreses; pero si ello se debe a mencionar de acuerdo al diccionario las cosas por su nombre, mi temperamento y modo de ser no me permite cambiar el significado de las palabras, empleando tapujos o eufemismos que sólo revelan una doble moral e hipocresía. Solicito humildemente a quien envió el mensaje, como persona piadosa y virtuosa me incluya en sus oraciones delante del santísimo sacramento para ser perdonado.

Y agregó como brillante colofón a su intervención: “No es necesario que el responsable del anónimo hubiera usado la ortografía , ni el papel empleado para la comunicación referida; he deducido que se trata de una persona suficientemente preparada y conocedora de los textos gramaticales y de la urbanidad de Carreño; pero desafortunadamente pertenece a un pequeñísimo número de los que en años anteriores denigraron también de mis ilustres antecesores; parece, al observar ciertas prácticas culturales de algunas personas solapadas y ladinas, que el escudo de esta noble ciudad tiene una doble lectura: simboliza la fe y el trabajo para la mayoría de sus habitantes; pero parece retratar otro sector solapado y ladino que con la cruz reza, pero con el hacha raja.

Refrendo todo lo dicho con mi etérea rúbrica: Francisco Londoño Botero Vélez Jaramillo.

No hubo aplausos, el templo inspiraba siempre el más profundo de los respetos; la gente permanecía en silencio y alelada cuando el prelado continuó con el oficio religioso.

Habiéndose trasladado el sacerdote a una de las veredas  para cumplir una misión pastoral, fue recibido en las horas de la tarde por una multitud integrada por personas de todas las edades y clases sociales; acompañados por la banda municipal, desfilaron por las calles principales como homenaje de desagravio. En la casa cural, varias personas representativas de la ciudad pronunciaron sendos discursos, lamentando y comentando el suceso en referencia; el presbítero Londoño, agradeció el sincero homenaje con su tradicional elocuencia y recordó a todos los presentes una sentencia mil veces confirmada con sus actos: “soy un perro bravo defendiendo la casa de su amo: el Dios del cielo y de la tierra.” 

El reverendo padre Francisco Londoño, fue trasladado a Manizales; allí murió en mayo de 1.972.

  

2 comentarios:

  1. Como olvidar al "cura" Londoño; con ese vozarrón que estremecía y a su mascota que inspiraba miedo.

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  2. ”¡ no soy un hombre, soy un pueblo¡, ¡ Colombia no es un país de dos partidos, es un país que los corruptos han dividido en dos¡, ..”
    Después de tantos años y sigue siendo vigente

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