martes, 25 de marzo de 2014

"Un hecho público, escandaloso e inmoral"


"Un hecho público, libidinoso e inmoral"


Corría el año de 1910; Santa Rosa de Cabal era una población ubicada en el departamento de Caldas con aproximadamente 15.000 habitantes, la mayoría de los cuales residía en la zona rural. Los códigos morales se confundían con las normas legales y las autoridades locales reprimían con mano férrea los apetitos carnales y deslices de las parejas que no estaban unidas por el vínculo sacramental del matrimonio;  la tenaza Estado e Iglesia se complementaba con las homilías del clero inspiradas en la doctrina del teólogo Tyron Edwards proferidas en el siglo XIX: “los placeres pecaminosos y prohibidos son como el pan envenenado, tal vez satisfagan el hambre de momento, pero al final solamente llevan a la destrucción”.

Por eso, los apacibles feligreses no tenían otra alternativa que vivir de acuerdo con el modelo de entonces: “que es lo que dicha aquí se llama; si no, no conocer temor y con la Eva que se ama, vivir de ignorancia y amor”.

 


Pero “el hombre es fuego y la mujer estopa; viene el diablo y sopla”. Federico Herrera era de acuerdo con el abogado de la ciudad Francisco Gálvez “una persona viuda, útil a  la sociedad, de buena conducta, que vivía en una pieza solo trabajando el arte de la dentistería”. Sin embargo, tal vez por su soledad, Herrera era un bebedor empedernido y tenía para rendirle culto a Baco cinco motivos: la llegada de un amigo, la sed del momento o la sed futura, la bondad del vino y además … cualquier otra razón. Y el licor lo convertiría en el protagonista principal de un escándalo que lo dejaría oliendo a azufre y en las manos de la justicia.

El domingo 4 de diciembre de 1910, día para santificar, de acuerdo con la liturgia Cristiana, la población siguiendo los ritos ancestrales escuchaba La Santa Misa, se aglomeraba luego en la Plaza de Colón para oír la lectura del Bando, acto por el cual se daban a conocer los acuerdos del Concejo y los decretos de la alcaldía y las damas “ muy perchudas ellas” hacían gala de su elegancia paseando con sus consortes  por la encamellonada Calle Real. 

Pero algo comienza a atraer la atención de quienes disfrutaban su descanso dominical con el semblante de placidez que parecía expresar “que bueno es no hacer nada y luego descansar”, pues de una vivienda, herméticamente cerrada, ubicada en la Carrera Real y la Calle de Gómez salían gritos, insultos, expresiones procaces, estertores y jadeos propios de una demoníaca bacanal y así como la sangre acude a la herida, la población ávida de una malsana curiosidad se agolpó al frente de la mencionada casa, precisamente donde moraba Federico Herrera. Al corrillo se sumaron los agentes del orden quienes conminaron a los protagonistas del escándalo a abrir la puerta, pero ninguna respuesta tuvo el llamado de la autoridad aunque continuaron las vulgares letanías que con fruición maliciosa eran paladeadas por los espectadores ante la impotencia de los “guardianes de la moral y las buenas costumbres”. Sólo a las 4 de la tarde, la puerta fue abierta y encontraroncomo protagonistas estelares de una de las calientes escenas del Decamerón, a Herrera en evidente estado de embriaguez y una mujer semidesnuda quien aún no  había agotado su repertorio de maldiciones; tres personas más, dos hombres y una mujer complementaban el lascivo elenco. Todos fueron llevados a la Casa Consistorial donde quedaba la cárcel en la primera planta, mientras los habitantes de la población hacían calle de honor al grupo trasformado ya en un cortejo  escapado de la corte del rey Momo, el rey de los ebrios y alucinados pues tambaleantes y ocultando sus desnudeces con cobijas de retazos eran conducidos a “brinco de sapo” ante el alcalde Juan Bautista López.

El 5 de diciembre, después de ordenar levantar la información sumaria , el alcalde inicia las declaración pertinentes iniciando con Rosa Emilia Jaramillo mujer cuya edad oscilaba entre 14 y 21 años y María Adela González  también de Manizales, Julio Ospina, Jaime Giraldo, Domingo Londoño y Federico Herrera.

Una vez culminadas las declaraciones y las indagatorias a Herrera y Domingo Londoño quienes de acuerdo con las pruebas eran los responsables del ilícito, el alcalde para garantizar sus comparecencias al proceso les ordena conseguir un fiador, circunstancia que no era difícil pues La Fianza era una de las instituciones más representativas de los pueblos de origen antioqueño, herencia del espíritu cooperativo y las relaciones de confianza surgidos desde la fundación cuando se construyó el patrimonio público con el trabajo comunitario. El referido documento rezaba así:

“El día 6 de diciembre de 1910, comparecieron el señor JOSÉ TRINIDAD DÍAZ Y BENITO OSPINA, mayores y vecinos de este distrito y personas de reconocido abono y manifestaron que se constituyen fiadores de cárcel segura de los señores Federico Herrera y Domingo Londoño y en consecuencia se obligan:
A presentarlos cada y cuando se les exija con motivo de ésta en el término prudencial que se le señale.
A aprehenderlos a su costa y a pagar los gastos de aprehensión cuando se verifique su fuga.
A pagar al Tesoro Nacional la cantidad de diez pesos oro caso de que no cumplan con lo estipulado, cantidad que se hará efectiva comprobada sumariamente la falta de sus fiados.                  

El proceso reveló las intimidades del hecho punible : Eran cerca de las diez de la mañana y Federico Herrera libaba licor en compañía de Domingo Londoño, en la pieza del primero;  Los había sorprendido la madrugada empinando el codo y ya estaban “copetones” y como la puerta de acceso al local se encontraba abierta observaron a dos mujeres forasteras rondando el lugar; Herrera intercambió  con ellas miradas significativas,  sabía que :
             “la que mucho enseña lo que tiene, darlo o venderlo quiere
              Y mujer que al andar culea y al mirar sus ojos mece, yo no
digo que lo sea, pero sí que lo parece.”

Sin ningún preámbulo Herrera y Londoño habían encontrado sus almas gemelas; el eterno femenino estimuló profusamente el consumo de aguardiente y atraídos por la cálida reunión llegaron tres contertulios más, pero dos de ellos al percibir que el jolgorio se convertiría en orgía, salieron del cuarto. Y no se equivocaron; la puerta se cerró y cuando el alcohol hizo sus efectos suprimiendo las inhibiciones y demostrando que ni en la cama , ni en la mesa es útil la vergüenza, Herrera “hizo uso carnal” de una de las mujeres en presencia de su compañero de farra Londoño y otro de los visitantes, quienes no debieron quedarse haciendo el triste papel de “voyeristas” observando como el dentista “galopaba el mejor de los caminos en potra de nácar sin bridas y sin estribos”, disfrutando de la “petitmort” o dulce muerte, pues la otra dama al sentirse asediada y presa del delirium tremens empezó a proferir estridentes gritos y palabras obscenas, sin que pudieran acallarla los frustrados sementales. A las dos de la tarde se hizo presente la policía, ordenando abrir la puerta, pero sólo dos horas después les dieron acceso a las autoridades.



Cual más , cual menos, todos hedemos. Francisco Gálvez, era el abogado de los pobres en la localidad y aunque su labor no le significaba un ingreso significativo, cumplía su labor con abnegación y se esforzó al máximo por salvar a Herrera de una larga condena demostrando con testigos que los excesos etílicos lo habían convertido en un fauno o sátiro buscando desfogar su furor sexual, sin que pudiera controlar las pasiones; tal es la liviandad de la carne en tales condiciones que hasta Noé, una vez descubrió los espirituosos efectos del vino se convirtió en un estriper y quien sabe hasta dónde hubiera llegado, si el sueño no lo hubiera vencido, como quien dice, cual más, cual menos, todos hedemos.

El fallo. El 10 de enero de 1811, el alcalde de Santa Rosa de Cabal profirió la sentencia después de consignar en sus considerandos que a poca distancia de la carrera más concurrida se habían escuchado gritos y palabras procaces,  proferidas por una mujer que llamaron la atención de la mayor parte de los vecinos, mientras el señor Federico Herrera efectuaba actos escandalosos y acciones deshonestas en presencia de otras personas con la complicidad de Londoño
y aceptando los argumentos de su abogado defensor condena a Herrera a pagar 8 días de prisión en la cárcel del municipio y a su compañero en la aventura libidinosa Londoño, 4 días a la sombra en calidad de cómplice.

Tal vez, al hacer el balance final de la larga jornada plagada de emociones fuertes, los protagonistas llegarían a la misma conclusión que tendría Ciorán, un filósofo que iría a deslumbrar al mundo muchos años después de los hechos descritos:
                                 El placer, muy poco;
                                 La posición, muy ridícula
                                 Y el precio, muy alto.   

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Ilustraciones. El despertar de la criada , pintor argentino.
                    Espalda obra del pintor Oscar Rodríguez Naranjo del Socorro (Santander)  

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