lunes, 9 de mayo de 2016

Mi encuentro con el Maestro


Después de una conferencia de Fernando Soto Aparicio en la universidad, fue invitado al club para un agasajo, como se acostumbraba antes con los visitantes importantes. Muy pronto se cansó de las zalemas y lisonjas de la alcurnia parroquial y discretamente, le comunicó a  su “chaperon” el deseo de escuchar la música nostálgica y antañona propia de la zona cafetera. En ese entonces, gozaba yo de una merecida fama de bohemio moderado y el chaperón convertido en estafeta, me confió la delicada misión de rescatar al maestro de su frívolo asedio para degustar en uno de nuestros santuarios los tangos, las milongas y los boleros que reblandecían nuestros sentimientos, al calor de unas gratas “polas”.

Fernándo Soto Aparicio.


 Pronto estuvimos en el bar de “Macano”, pero por ser un recinto pequeño, se encontraba lleno y muy a nuestro pesar decidimos buscar otro sitio; afuera, había una rústica banca hecha de guadua y el eco de la música, no alcanzaba a eclipsar el concierto de grillos y ranas provenientes de las mangas cercanas, pues aún la zona no había sido urbanizada. Fernando, sin pensarlo dos veces y exultante de satisfacción, dijo:” aquí nos quedamos, yo en Bogotá, nunca tendré el placer de vivir un momento bajo estas condiciones.”

 Bajo el refulgente cinturón de Orión y hasta muy entrada la noche sostuvimos una animada charla; no obstante, por momentos lucía, distante, su mirada se perdía en el entorno y cobraba interés cada vez que un borrachito, salía del interior del establecimiento y lo abrazaba, le contaba de su trabajo, del objeto de su orgullo: una  hija que entonces cursaba tercero bachillerato. Dispuestos a terminar con “las impertinencias” del amigable pero incómodo personaje, aprovechamos un furtivo ingreso del novelista al interior del bar para comunicarle al “intruso” que estaba ante uno de los mejores escritores de Colombia y que muy seguramente, su hija había leído como parte de su formación académica su emblemática obra “La rebelión de las ratas”. La información fue efectiva, pues el maestro no volvió a ser “importunado”.

 Pero al poco tiempo empezó  a extrañar la presencia del personaje y cuando le confesamos que nos vimos obligados a revelar su identidad para preservar su comodidad, un gesto de contrariedad se reflejó en su rostro, al tiempo que expresaba: “porqué hicieron eso?, no saben que el contacto con el pueblo raso es la cantera que nutre los protagonistas de mis obras?, él era un conductor de camión, al día siguiente saldría para el putumayo …” por esos días trabajaba en la novela “Palabra de Fuego”, la historia de un sacerdote quien realizaba su labor pastoral en un sector de Colombia donde el poder lo tenía los violentos, como también lo tenían los “tejedores de sudarios” en los Territorios nacionales como el putumayo, la boca del lobo a la que ingresaría el amable camionero, cuando iniciara su azaroso periplo por el sur del país.Pese a todo, en alguna de las obras del maestro quedaría retratado anónimamente, como ejemplo del esfuerzo y la lucha del trabajador colombiano y la fehaciente demostración  que el progreso del país no surge propiamente de sus 
líderes, sino de los pequeños empujones de la gente sencilla.



Nunca más vi a Fernando Soto Aparicio y a pocas horas de su muerte recuerdo la lección de aquella noche en la que a pesar de todo disfrutó y sintió la mágica sensación de  Rafael Pombo cuando exclamó en una de sus obras:


Gran noche… Tanta majestad me aterra,
Tanta sublimidad me causa espanto.
Dios cobija el misterio de la tierra
Con el misterio augusto de su manto.

Descanse en paz, maestro, valoramos su esfuerzo por dignificar a los humildes y hacer de Colombia una patria más justa.

   

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