miércoles, 23 de noviembre de 2016

El pueblo que exorcizó la violencia.




Se ha dicho que la historia de la humanidad, es el relato de sus guerras. Por eso, en nuestro país como en el resto del mundo, los héroes de mayor perfil son los guerreros, quienes forjaron su gloria con la espada y el fusil empleando en no pocas ocasiones la crueldad como una eficaz estrategia para intimidar, vengar afrentas o facilitar el sometimiento porque “en época de guerra no se va a misa”.



Monumento a Adancito en la bonita plaza de Ceylán.



 En el siglo XIX cada diez años, nuestros prohombres se bajaban de su pedestal para convocar a sus huestes al conflicto civil y  desplegando sus fuerzas por las aldeas y campos reclutaban campesinos, arrasaban cosechas, confiscaban recursos, imponían empréstitos forzosos y destruían las obras que en el breve período de paz habían construido los ciudadanos en arduas jornadas colectivas. No deja de ser paradójico que algunos puentes ostenten hoy el nombre de quien en su momento  ordenara su demolición para cubrir la retirada en el conflicto.



Los puentes del siglo XIX construidos por los colonos con muchos sacrificios destruidos en los conflictos. Luego, al finalizar éstos, debían proceder a recuperarlos empleando el esfuerzo colectivo y hasta los sueldos del maestro, quien debía esperar meses para que se le cancelara la deuda.

No había triunfo completo sin fusilamientos, decía Mosquera y cuando en su lecho de muerte, el confesor le pidiera  perdonar a sus enemigos, fríamente respondió: “ no puedo padre  porque a todos los he  mandado a fusilar.” Las plazas principales de los pueblos están reservadas para quien en su momento y sin desconocer la esencia  y necesidades de la época, ingresaban  “triunfantes” mientras sus corceles resbalaban al pasar sobre el suelo anegado en sangre: en Colombia fueron inmortalizados en bronce los  crueles conquistadores que impusieron un infame vasallaje y sus antagonistas los héroes de nuestra independencia, como nuestro Libertador, quien herido por la saña realista , expidió el decreto de Guerra a muerte compendiado en la frase: “españoles y canarios, contad con la muerte aun siendo indiferentes, americanos contad con la vida, aun cuando seáis culpables.”


Templo de Ceylán.

Plaza principal.






Viviendas típicas de la Colonización  Antioqueña.

Una amable sonrisa.


Belleza escénica.




Viviendas que recibieron una herencia española pero se reinterpretaron con los materiales de la región.


La casa del canelo, típìca expresión de la llamada arquitectura regional en bahareque, que deben ser restauradas y valoradas ahora que la UNESCO ha reconocido el valor excepcional del paisaje cultural cafetero , producto de la Colonización Antioqueña.


Pocos pueblos van en contravía de este código consuetudinario, convertido en norma cívica. Ceylán un pintoresco corregimiento de Bugalagrande en el Valle del Cauca, rompió con los esquemas tradicionales y en su plaza principal erigió un monumento al personaje más humilde de su comunidad: Adancito. La decisión no fue casual: tuvo un profundo significado social de rebeldía y cuenta de cobro contra la élite política y económica que por acción u omisión convirtió este hermoso relicario del Valle producto de la Colonización Antioqueña, en el blanco de los impulsos primitivos y salvajes de los “tejedores de sudarios”, inicialmente en la violencia política cuando grupos de bandoleros instigados desde los directorios políticos de la capital dejaban un rastro de sangre y dolor; los niños que antes afianzaban los conocimientos matemáticos haciendo cálculos con los corozos y las chontas de las palmas intercaladas en el sombrío de los sembrados, cambiaron de método contando los cadáveres bajados de la montaña en sombrías recuas de mulas. Luego, la espiral de violencia continuó con las acciones de quienes promovían “la dictadura del proletariado” y más tarde se acentuó en cuotas de sufrimiento infringidas por quienes propugnaban por el “orden establecido y la  “defensa de las instituciones,” convirtiendo al país en el mismo infierno, con diferentes diablos.



 Adancito durante estos aciagos períodos de la historia, era para las "fuerzas oscuras" un ser ignorado, casi invisible; apenas suscitaba una imperceptible e irónica sonrisa cuando en los peores momentos cruzaba la plaza en dirección de la montaña empujando dos toscas e irregulares ruedas de madera unidas por un eje conectado a una burda guadua. Del campo regresaba siempre con plátanos y yucas, pendiendo de su particular vehículo.


No les había contado que Adancito era sordo y no podía hablar; fue el testigo mudo del drama de un pueblo martirizado, del mismo pueblo que años después le erigiera un monumento en su plaza principal y sentara un precedente nacional, que nos deja  profundas reflexiones.



Los nuevos profesionales de Ceylán que tienen la misión de preservar la herencia cultural de la región.


Su paisaje


Preservar su autenticidad


Preservar los saberes ancestrales, como los de la amble dama que me sorprendió con las propiedades curativas de las plantas de su jardín.

Promoviendo mediante planes de mejoramiento de viviendas las casas típicas, representativas de la autenticidad de la región, conservando la esencia de su tipología, porque el turista busca ahora el encanto de las ciudades lentas , con autenticidad y belleza escénica.

Profesionales de Ceylán.

La naturaleza, la biodiversidad y la ornamentación .



La historia de sus camino por donde se desgajó por el espinazo de la cordillera la diáspora de esforzados colonos que tenían el trabajo como una religión.

Ceylán es hoy un relicario donde aún subsisten los elementos más representativos de la Colonización antioqueña, como su arquitectura digna de protegerse, lo mismo que su herencia cultural, la biodiversidad y su historia; las nuevas generaciones, sin abandonar sus querencias estudian carreras profesionales y se esfuerzan por adquirir el conocimiento que les permita un crecimiento personal y profesional y mejorar la calidad de vida de una población admirable digna de conocer.                   


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