lunes, 10 de junio de 2013

Cuando sólo robaban los ladrones


En 1.919, Santa Rosa de Cabal tenía un total de 20.017 habitantes, distribuidos en 9.977 hombres y 10.017 mujeres; el presupuesto anual de rentas y gastos ascendía a la suma de $15.756.ºº. La Casa Consistorial o alcaldía, era una edificación de tres niveles en su parte interior que concentraba la mayoría de las dependencias públicas, ente ellas las sedes de la Alcaldía, el Concejo Municipal, La Junta de Caminos, la Tesorería, Inspección de Policía, Banda de Música, la Cárcel Pública, el teatro municipal.
Era la época del cine mudo y de una estricta censura donde un beso apasionado, un escote, un traje atrevido eran suprimidos de la cinta por orden de la inflexible Junta de Censura, encabezada por el cura párroco y dos ciudadanos más, celosos guardianes de la moral y las buenas costumbres. El telón era instalado en el patio interior de la funcional casona y los amplios corredores de los tres niveles interiores, delimitados por chambranas, servían de palcos para observar hazañas de El ladrón de Baddag y los gracejos de Charles Chaplin. Los espectadores debían llevar sus taburetes o sillas y la entrada era gratuita para los niños que cumplían el papel de cirineos cargando las butacas a los espectadores; los padres escogían para esta grata misión al miembro de la familia que mejor se había manejado en la semana.

Santa Rosa en 1928, nueve años después del incidente con la gallinita. La imagen presenta la plaza de Colón; al frente, la Casa Consistorial o antigua Alcaldía.
Entre 1.919 y 1.920, la Junta de Censura la formaba el sacerdote Diego María Gómez, Evangelista Osorio y Manuel J. Echeverry. Todas las obras teatrales y por supuesto las películas, debían ser exhibidas previamente en privado ante los severos censores, quienes accionaban un timbre cuando, a su juicio, percibían una escena “escabrosa” o “escandalosa”, indigna del “pudor” de los santarrosanos; el maquinista detenía la proyección cuando la campanilla sonaba y sin ninguna inhibición, a sangra fría , cortaba con tijeras el segmento de la cinta con la “inmoral” escena. Siguiendo este rígido protocolo, la Junta cercenó en la película el hijo del Circo, todas los pasajes donde aparecían las hermosas trapecistas con sus trajes de acróbata; sus esbeltos y contorneados cuerpos, ceñidos por vistosas mallas de seda “podrían generar perturbadoras fantasías entre los asistentes al espectáculo”.
La primera planta de la edificación estaba destinada a cárcel pública; vetustas tapias delimitaban el patio del penal con los solares de las casas vecinas. En julio de 1.919 siendo alcalde don Julio C. González, la inseguridad del  improvisado y poco funcional presidio se había evidenciado cuando los detenidos se amotinaron y durante dos días mantuvieron a raya a la fuerza pública, repeliendo la acción de las autoridades con piedras y armas de fuego; la delicada situación se conjuró con el apoyo de la policía de Pereira y dejó un saldo final de  un muerto, algunos heridos y varios  evadidos.
No se habían apagado aún los ecos de las detonaciones del cruento amotinamiento y los reos aun sufrían los impactos emocionales y las retaliaciones legales de la insubordinación, cuando inesperadamente apareció en el patio de la cárcel una gallinita cubana amarilla, de pequeño porte como todas las de su raza, que en el acto suscitó la simpatía de los internos y sin tomarse la molestia de indagar su procedencia, le entregaron todo su afecto, adoptándola y convirtiéndola en el centro de atención de su rutinaria vida.  Los internos, volvieron a sonreír. La conversación fluía con entusiasmo entre los reclusos; a la hora de las comidas, cada uno de ellos separaba una porción de su pitanza para compartirla con la polla o “gumarra”, que había dejado con su presencia, una pincelada de color en su sombrío encierro. Desde su despacho, el alcaide de la prisión, Rafael Rojas, observaba socarronamente los mimos, caricias y arrumacos prodigados al emplumado bípedo.
A finales de 1.919, el municipio con el apoyo de la Gobernación de Caldas, había concluido la nueva cárcel y en el mes de septiembre los internos, el personal administrativo y por supuesto la “reina del penal”, la consentida gallinita, ya estaban instalados en la nueva y más segura edificación.
Pero, una mañana de octubre, los internos notaron consternados la ausencia de su mascota y aunque rebrujaron todo el centro carcelario, pregonando a los cuatro vientos el clásico ¡cutu!, ¡cutu!, con el cual las abuelas convocaban infaliblemente a las gallinas, nunca la hallaron.
Una parte de los detenidos se había ido con la inexplicable desaparición del ave de corto vuelo. Sin embargo, a pesar de estar privados de la libertad, no se resignaron a su pérdida y no ahorraron esfuerzos para dilucidar el misterioso caso; por lo pronto, acordaron que quienes tuvieran la oportunidad de salir del presidio, así fuera temporalmente por permiso u otro motivo, se encargarían de indagar por la suerte de la gumarra.
Y la persistencia tuvo su recompensa. El 20 de enero de 1.920, uno de los detenidos quien cumplía un mandado encomendado por el alcaide de la cárcel, después de algunas pesquisas tuvo indicios que la gallina se hallaba en poder de la señora María Tránsito Quintero; sin pérdida de tiempo y con argucias, penetró a la citada residencia y en efecto, en el solar descubrió con alegría a la mencionada ave; y no estaba sola, cinco pizpiretos pollitos la acompañaban y disfrutaban de su maternal abrigo.
Ese mismo día, Caviedes, así era el apellido del detenido,  antes de regresar a la prisión, ingresó a la Casa Consistorial para hacer la denuncia pertinente ante el Inspector. Y la justicia se puso en marcha: con celeridad, Augusto Courrans, en su calidad de Inspector de Policía, citó a la poseedora del “cuerpo del delito”, quien en su declaración dejó entrever que era poseedora de buena fe, pues había comprado el animal por un peso con veinte centavos oro, a la señora Inés Balbuena sin conocer su objeto ilícito.
La investigación tomó un giro inesperado, cuando Inés Balbuena en el despacho del funcionario de policía, aclaró el hasta entonces enigma en su versión libre: “… Hace unos tres meses, más o menos, llegó ante mí el preso Jesús Osorio, me dijo que allí me mandaba don RAFAEL ROJAS una gallina cubana; como al mes y medio la vendí a María Tránsito Quintero, por $1.20 con cinco polluelos que había sacado. La venta la hice con autorización del mismo Rojas”.
Augusto Courrans, ya sabía de donde venían los tiros. Rafael Rojas era el alcaide de la cárcel; presumiblemente había sacado del establecimiento la mascota de los penados y se la había regalado a la Balbuena, persona catalogada en los mentideros  parroquiales como su amante o “querida”, como se conocía a la compañera sentimental en ese entonces.
El proceso continuó sin pausa y siguiendo las pautas trazadas por el código de policía, el bien fue incautado; el funcionario citó a tres de los presos, para  comprobar la propiedad y preexistencia del bien hurtado; julio Caviedes, Ludovino Gallo y Juan Bautista Osorio, reconocieron la gallina amarilla pequeña que se les ponía de presente como  de propiedad de los presos y el alcaide de la cárcel había dispuesto abusivamente de ella, sin su consentimiento, tipificando el delito de hurto.

Casa Consistorial. era la antigua alcaldía. en la primera planta funcionaba la Cárcel Municipal
El día había sido arduo; cuatro personas habían sido citadas y se les había tomado declaración y como es usual en los procesos judiciales, al principal incriminado, aquel al que apuntan todas las pruebas como responsable, Rafael Rojas, se le tomó declaración de último y en su defensa argumentó “no haber vendido gallina de ninguna clase, ciertamente en el establecimiento de castigo había una gallina amarilla y no tenía dueño ninguno”.
Perfeccionada la investigación, en una sola jornada, las sombras de la noche ya se insinuaban cuando Augusto Courrans, profería el fallo, el mismo día de la denuncia 20 de enero de 1.920. El tenor de la providencia, era el siguiente:
“Julio Caviedes dio cuenta de la desaparición de una gallina cubana que se conocía como de propiedad de los presos pues apareció  hace 4 o 5 meses. Resultandos: 1. La gallina amarilla cubana estaba en la cárcel vieja 2. Dicho animal por algún tiempo no tuvo dueño conocido y los presos cuidaron de ella que al trasladarse los  presos a la cárcel nueva llevaron consigo al expresado animal Que Rafael Rojas se había hecho cargo de aquel establecimiento con posterioridad a la aparición de la gallina y mandó con un preso a Inés Balbuena, conocida como su cómplice en cierta vida non santa que tal han venido haciendo desde la llegada del expresado Rojas a esta ciudad 5. Que dicha mujer vendió tal gallina a la señora María Tránsito Quintero por $1.20 oro; con la declaración queda demostrado que el ave en referencia aparece en el establecimiento, antes de que Rojas viniera , en sus descargos, Rojas argumentó que el ave no tenía dueño conocido: No es Rojas, quien tiene atribuciones legales para guardar para sí lo que corresponde a un dueño que tarde o temprano; dice además que no fue él l que ordenó el traslado de la gallina, sino que el reo Osorio la llevó a casa de la mentada Balbuena en nombre del indiciado y confiesa haber tenido conocimiento de dicha evolución. Es claro que el señor Rojas ha debido restituir inmediatamente el ave en mención a sus tenedores de buena fe (los presos) quienes venían acarreándole dese la cárcel vieja; esto es natural y así lo indica la conciencia de cualquier hombre que el voto popular distingue con el carácter de honrado. Los descargos del señor Rojas fueron incoloros, desde que se dio cuenta de la presencia de dicho animal en casa de su querida la Balbuena debió protestar y ordenar la vuelta de la cosa al … como lo imponía el deber RESUELVE: PRIMERO: Condénase al señor Rafael Rojas por haber dispuesto de una gallina de raza cubana sin el consentimiento de sus respectivos dueños a sufrir en la cárcel pública de este lugar la pena de dos meses de reclusión de acuerdo con lo establecido por el artículo 579 ordinar 43 de la ley de 1.916 , en concordancia con el artículo 906 del Código Penal”.
Pero el proceso no culminó con la sentencia, pues la gallinita durante el tiempo en que estuvo fuera de la prisión, se había convertido en madre soltera y ya era cabeza de familia; por lo tanto, había que decidir quién era el propietario de la prole. Para dilucidar el lío jurídico, el inspector se sumergió toda una tarde, en los intríngulis del código civil y al final determinó con muy buen tino, que una de las formas de adquirir la propiedad de un bien es la accesión; es decir el dueño también es propietario de lo que produce o lo que se le une y por lo tanto, los detenidos eran dueños también de los pollitos.

la gallinita se había convertido en madre soltera y ya era cabeza de familia; por lo tanto, había que decidir quién era el propietario de la prole
El último acto del histórico episodio, nos muestra a los reos de la cárcel exultantes y alegres celebrando el regreso de la gallinita que meses antes habían adoptado; aunque es bueno aclarar que no todos estaban risueños, pues en un extremo del patio del penal con aire amargado y ceño adusto permanecía Rafael Rojas, cuyo rol de director de la cárcel había cambiado y estaba convertido ahora en un preso más.

El episodio marcó el fin de la época en que “sólo robaban los ladrones”.   
Esta historia es extractada del Libro “Historias e Imágenes de Santa Rosa de Cabal”, que aún se puede conseguir en “Tinto Parao”.         

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