martes, 13 de septiembre de 2016

Tras las huellas de los Quimbayas.

Uno de los muchos atributos de la Civilización Cafetera, es el valioso legado dejado por las comunidades indígenas en nuestra región y especialmente la cultura Quimbaya, cuyos petroglifos, volantes de huso y numerosos utensilios de carácter ceremonial o de uso doméstico afloran con frecuencia, aportándonos valiosos indicios e información sobre sus usos y costumbres. Sin embargo, poco hemos hecho para preservar los vestigios de los "hijos del viento" y convertirlos en un atractivo más de nuestros campos y veredas.

Los carros guevudos o las mulitas mecánicas, en la plaza de mercado de Santa Rosa, esperando el turno para enlazar la ciudad con el campo.


Con el fin de visibilizar la herencia cultural y ambiental, procedemos a abordar esta faceta de nuestra historia, visitando El Alto de la Mina, una vereda que aunque pertenece al vecino municipio de Chinchiná tiene con Santas Rosa fuertes vínculos históricos, económicos y turísticos pues los sábados y domingos salen cada hora los típicos jeeps de servicio público hacia Santa Rosa y viceversa, 

Sólo veinticinco mil pesos valió el trasporte desde la plaza de mercado Los Fundadores hasta lo que era en otro tiempo el importante Núcleo Escolar El Castillo, del cual no queda rastro alguno, pese a ser un trascendental establecimiento educativo, con énfasis en la agricultura, con prestantes profesores del orden nacional con formación en las prácticas agrícolas y donde, para no desarraigar a los jóvenes del campo, pagaban servicio militar, lo que nos da idea del valioso proyecto educativo de entonces.

La declaratoria por parte de la Unesco del Paisaje Cultural de la Humanidad, debe llegar al campo.

El relieve aún refleja el escenario donde floreció la cultura Quimbaya.


Caminamos desde el Castillo  hasta el Alto de la Mina por un pintoresco camino; la topografía aún conserva los rasgos característicos del paisaje que enmarcó la cultura indígena: terreno ondulado, pequeñas colinas, hermosos guaduales y "los verdes de todos los colores" que hablaba el maestro William Ospina. Aunque algo queda de las técnicas constructivas de la histórica Colonización Antioqueña, se nota como en toda la región que no se ha implementado un censo de mejoramiento de vivienda para evitar la extinción de las pintorescas casas de bahareque cuyo diseño armonizaba con las exigencias de las laderas, declives e inclinaciones del terreno donde floreció el café como  un maná vegetal y conservar además de la belleza escénica, la autenticidad, dos elementos fundamentales sobre los cuales se debe erigir un proyecto turístico, pues el extranjero viene a  admirar  el carácter de excepcionalidad de nuestra cultura, factor fundamental de la declaratoria de la UNESCO como Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Alto de la Mina y un visitante ilustre: el doctor Guillermo Aníbal Gartner T.


Templo.
La legendaria hacienda el Sinaí con tipología en "U".


La legendaria hacienda el Sinaí, convertida hoy en museo de la cultura cafetera y un referente del turismo rural en la región.

La cabecera de la vereda tiene una magnífica cancha de fútbol, punto de encuentro de la población; un templo, que hace honor a la tradición de los fundadores, quienes  refrendaban sus actos administrativos con la expresión Dios y Patria; pintorescas viviendas  cuyos corredores y balcones se engalanan con la alucinante policromía brindada por las formas, colores y aromas de las flores de la región ; un llamativo mural con los símbolos más representativos del sector y, la joya de la corona lo constituye la imponente vivienda de la hacienda el Sinaí, convertida en museo, restaurante y hostal y cuya tipología "en ele" conjuga y encarna todos los elementos funcionales y decorativos de la arquitectura regional de bahareque en las áreas rurales. Es toda una sinfonía, que agita el alma de quienes amamos la cultura del café. 


Una sinfonía para quienes amamos la cultura cafetera.
   
Huairapamuzcas: los hijos del viento. Una vez satisfechos con el Sancho Panza que llevamos dentro con una exquisita y típica oferta gastronómica en El Sinaí, procedemos a recorrer la zona en busca de los petroglifos existentes en el entorno del Alto de la Mina. La historia nos cuenta que nueve mil o diez mil años atrás, los primitivos habitantes de la región eran nómadas, cazadores recolectores y seguían el curso de los ríos buscando la fuente de su subsistencia en los frutos silvestres, los peces y animales silvestres. La dinámica propia de estas culturas en constante trashumancia, convertía a los ancianos en un lastre y una carga, que obviaban con el abandono. Luego, el hombre descubrió la agricultura, domesticó plantas y animales y terminó su itinerante vida, volviéndose sedentario y asentándose en un sólo lugar. Ya la experiencia del anciano, con el conocimiento de la influencia de los ciclos de la luna  para la agricultura y otros saberes, se convirtió en un "oráculo", apreciado y valorado por la tribu.

Los hombres de Robledo cruzan el territorio.



Se ha conocido como la cultura Quimbaya a las poblaciones indígenas que habitaron el territorio comprendido entre los departamentos de Risaralda , Quindío y parte de Caldas; su población ascendía aproximadamente a 80.000 habitantes y su organización política ese basada en cacicazgos: un cacique mayor llamado Tacurrumbí, que tenía sus dominios en inmediaciones de Chinchiná, a quien le debían acatamiento, sumisión y respeto 80 caciques menores asentados en sendas colinas o montañas con sus respectivos súbditos. Los Españoles incursionaron por estas tierras, entre los años de 1540 y 1541, años en que fundaron el antiguo Cartago a orillas del río Otún , donde hoy florece Pereira, la capital del departamento de Risaralda. Muy pronto, perdieron su autonomía y libertad y aunque fueron calificados con el eufemismo de "vasallos libres de la corona", fueron convertidos en instrumentos para acrecentar la riqueza del imperio Español y los conquistadores con organizaciones socio económicas como la encomienda, los resguardos y la mita que les impidieron ser dueños de su propio destino.

Petroglifos del Alto de la Mina.


Vista del relieve en donde se encuentran los petroglifos del Alto de la Mina.


Otro de los petroglifos del Alto de la Mina.


Era un pueblo, musical; sus ornamentos de oro como pectorales, cascos, aretes, pulseras y otros aditamentos, producían armoniosos sonidos en sus desplazamientos; así mismo, vivían en chozas de guadua que a su vez estaban rodeadas por vallas o cercas también de guadua, con estratégicas perforaciones que producían armoniosos y llamativos sonidos plenos de musicalidad. En sus fiestas, preservaban la tradición; mientras danzaban, bebían profusamente, chicha o licores obtenidos de la fermentación de algunos frutos, mientras iban recordando las gestas, las victorias y hechos trascendentales de sus jefes y su pueblo. La abundancia de volantes de huso, (aditamentos para tejer) hace presumir que tenían una próspera actividad de tejidos obtenidos del algodón silvestre propio de la región, sin embargo, pocos vestigios han quedado de estos productos, presumiblemente por que el suelo volcánico, borró toda huella de telas, mantas y otros elementos similares que debieron adornar sus centros ceremoniales con variados y vistosos motivos geométricos.

La cerámica era antropomorfa, (representaciones del hombre), fitomorfa, imágenes de frutos y zoomorfas como las ranas que tenían significado especial por su fertilidad y su carácter de anfibios.

Seis de las 122 piezas del Tesoro Quimbaya , regaladas a España en 1893. Se enviaron a una exposición mundial y no volvieron.


En la región del Quindío, sorprendieron a los españoles y al mundo, empleando técnicas desconocidas en Europa para moldear el oro, como "la cera perdida", que consistía en hacer en barro la figura que iban a moldear, la recubrían con cera, y acto seguido procedían a recubrirla con otra capa de barro: por un hueco dejado en la parte superior, vertían el oro fundido que iba desplazando la cera tomando la forma de la figura moldeada inicialmente en barro. Era tan perfecto el resultado final que los españoles, creían que los indígenas conocían la manera de manipular el oro en frío gracias a los ingredientes activos de determinadas plantas . Aunque si se comprobó que con el uso del chulque, los Quimbayas elaboraban la tumbaga, argollas o imágenes de una mínima porción de oro y el resto de cobre, el metal noble, quedaba en la superficie y el cobre en el interior. Así engañaban al conquistador, que creía satisfacer su voracidad y enfermiza pasión por las riquezas creyendo haber obtenido una maciza y lucrativa joya de oro puro.

El oro y las valiosas piezas del áureo metal que no fundieron los españoles, fueron  literalmente regaladas a finales del siglo XIX  por un presidente colombiano a la Corona Española, y allí en el museo de América en Madrid, reposa el impresionante Tesoro Quimbaya, con sorprendentes figuras y poporos que el país debe reclamar con decisión y sin la sumisión  que consuetudinariamente hemos tenido ante lo que se llamó en nuestra historia "la diplomacia de las cañoneras", es decir las amenazas de los imperios en nuestras costas con sus barcos de guerra, reclamando presuntas indemnizaciones que en el fondo sólo eran saqueos y ultrajes. Circunstancia, que aún subsiste, pues el colonialismo político se tornó en colonialismo económico.

Estatuilla dorada del Tesoro Quimbaya.Fernando Vicario, gestor cultural español, director del área cultural de la organización de Estados Iberoamericanos dice sobre la recuperación del trascendental legado indígena:" lograr que el Tesoro Quimbaya, regrese es un paso para consolidar un espacio cultural Iberoamericano en un mundo en que los símbolos deben tener más fuerza que los asuntos burocráticos y legislativos ( texto: Semana punto com. Imagen Wikypedia)



Muy pronto  la civilización Quimbaya fue diezmada  por la esclavitud, la espada y la gripa que como letal arma química acabó con miles de aborígenes que carecían de  anticuerpos para luchar contra una enfermedad, un virus que desconocían y los últimos hijos del viento, fueron recogidos de sus desoladas colinas y desplazados a un pueblo construido entre Pereira y Cartago que se llamó Santa María de las Nieves. Fue el siniestro clavo que selló el féretro para sepultar la cultura que nos antecedió. Cuando llegaron los colonizadores antioqueños a fundar nuestros pueblos y aldeas que posteriormente serían declarados patrimonio cultural del mundo, los Quimbayas, los hijos del viento, YA SE HABÍAN EXTINGUIDO.

El presente tema lo podrán encontrar en youtube, Jaime Fernández Botero, Tras las huellas del los Quimbayas.


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